Encuestas


Que las encuestas fallen en Gran Bretaña no es cosa nueva: se equivocaron con tres victorias conservadoras (1970, 1992 y la de anteayer) y con una laborista (1974). Así que no deberíamos iniciar ahora un debate sobre la calidad y metodología de las encuestas: simplemente se trata de un arte difícil, uno de los pocos ámbitos profesionales en los que todavía se admite un margen de error que suele situarse en torno al cuatro por ciento: un margen muy peligroso, sobre todo en un sistema mayoritario como el británico. Huelgan, por tanto, las discusiones sobre una posible crisis de las encuestas. Siempre fue así. Pero me pregunto dos cosas.

Primero: toda esa opinión casi unánime, manifestada incluso por especialistas muy reputados y con cierta fama de adivinadores, acerca de que el Reino Unido se encaminaba hacia la incertidumbre y la ingobernabilidad, toda esa opinión, insisto, ¿hizo cambiar la tendencia de las encuestas o debe anotarse como un manifiesto error de análisis? Quizá ambas cosas. La primera no es medible. La segunda, sin embargo, resulta patente. El periodismo debe mejorar.

Segundo: ¿Será que tanto políticos como votantes utilizamos cada vez más las encuestas para mandar mensajes? Los políticos siempre lo habían hecho: jugar con las previsiones para generar efecto arrastre, convertir en voto del miedo el abstencionista, etcétera. También puede ocurrir que en las encuestas digamos lo que querríamos de verdad y en las urnas votemos lo que nos parece menos imprudente. Esto explicaría, por ejemplo, que según el CIS del jueves, uno de cada tres españoles duden qué votar el 24. Una campaña al uso, repleta de insultos y ayuna de ideas, no les ayudará a decidir.

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