En Podemos, como en las charlotadas del genio del bastón y el bigotito, todo ha ido a cámara rápida: su fulgurante ascensión, su cambiazo desde la extrema izquierda antisistema y populista a un pretendido centrismo que reniega de la izquierda y la derecha, la aparición de disensiones ideológicas internas, la caída en las encuestas antes de haber hecho realidad los (increíbles) resultados que se le atribuían y, en fin, los conflictos organizativos con la fulminante dimisión de uno de sus principales impulsores.
En realidad Podemos nació como un grupo de amiguetes de la Facultad de Políticas de la Complutense de Madrid, que, más leídos que la media de nuestros padres de la patria (cosa, en verdad, nada difícil), tuvieron la habilidad de colarse por las grietas de un sistema político muy necesitado de reformas: las provocadas por la crisis económica, asociada, claro, a los demoledores efectos de la esclerosis y los escándalos de corrupción del PSOE y el PP.
Constatada la gravedad del descontento, los dirigentes de Podemos (que eran todo el partido, pues los ciberafiliados no llegaron hasta después del éxito en las europeas) tuvieron el acierto de encontrar la piqueta con que abrirse espacio a gran velocidad: la idea de «la casta», que, como otras tantas, tiene en su virtud (la fácil comprensión) su mayor vicio: la simplificación de una realidad bastante más compleja.
Pero, puesta a rodar, la cosa de la casta, basada en algunos innegables rasgos del sistema, aseguró a Podemos un formidable crecimiento virtual. Tanto que en algún momento pareció no tener límites. Fue ahí, sin embargo, en la presunta ausencia de límites, donde Iglesias comenzó a patinar al ritmo de crecimiento de sus expectativas, pues, según es bien sabido, la avaricia rompe el saco.
Lo otro ya es historia: un giro ideológico sideral (por ejemplo, de exigir nuestra retirada del euro de inmediato a defenderlo, poco después, como algo indiscutible) que lejos de tener los efectos esperados provocó todo lo contrario: la creciente percepción de que los dirigentes de Podemos eran, como creíamos algunos, un grupo de aventureros de la política, tan listos como carentes de escrúpulos para alcanzar sus objetivos.
Si, como sus impulsores esperaban, el giro ideológico de Podemos hubiera favorecido sus expectativas electorales quizás todo habría ido miel sobre hojuelas. Pero la demoledora combinación de cambiazo ideológico y leninismo organizativo desvelaron el ilimitado oportunismo de Podemos, que empieza a situarlo por debajo, no ya de las expectativas de voto del PP e incluso del PSOE, sino también de Ciudadanos. Por eso, el follón interno está servido. Podemos conseguirá, así, sin duda, un nuevo récord: hacer en catorce meses el calvario que a los partidos tradicionales suele llevarles recorrer catorce años.