Siendo España un país que vive la desbandada migratoria que navega sobre el Mediterráneo, deberíamos aprovechar este año electoral para hablar del asunto, y para obligar a las instituciones europeas a afrontarlo de forma conjunta, eficaz y justa. Pero estamos obsesionados con la corrupción y sus dialécticas acusatorias, y no tenemos tiempo para nada.
A la vista del terremoto del Nepal, de la lenta reacción de los auxilios internacionales, y de las malas experiencias cosechadas en catástrofes precedentes, podríamos replantear el modelo de cooperación que rige en el mundo, tomar nuestras propias decisiones, y proponerle a la UE una gestión conjunta y eficaz de los medios y recursos. Pero no hay lugar para hacerlo, porque estamos ocupados en la corrupción, y podemos perder la alternancia acusadora en la que nos hemos instalado.
Viendo que Europa carece de autoridad política y de cohesión económica, y que vuelven a rondarnos los populismos, los separatismos y la xenofobia, podríamos aprovechar el intenso debate de este año para revisar nuestro sistema político y enmarcar su problemática en la necesaria reforma del Tratado de la UE. Y al mismo tiempo podríamos preguntarnos si tiene sentido el modelo de alianzas militares -especialmente la OTAN- que trata de sustituir las ya imposibles defensas soberanas. Pero también este camino está cerrado, porque estamos instalados en el cuadrilátero de la corrupción, y el que no da, recibe.
En el plano internacional cabría hablar del tratado comercial USA-UE, de la calidad y resultado de nuestras intervenciones pacificadoras, del cambio climático, de las estrategias energéticas y del abuso que suponen los aranceles agrarios del primer mundo. Y en el ámbito interno tenemos pendiente la reforma de la planta local, los problemas de financiación municipal y autonómica, la revisión de las estrategias de cohesión territorial y social, y esa grave descomposición de la estructura de partidos de Cataluña que, a decir de las encuestas de ayer, están impulsando las ensoñaciones de Mas y Junqueras. Pero nada parece posible hasta que erradiquemos la corrupción.
¿Y qué decir del debate por una sanidad pública sostenible y por una educación de calidad; y del control de recursos esenciales -hidráulicos, forestales y del territorio- para el inmediato futuro? Y del envejecimiento de la población y la despoblación interior, del deterioro del patrimonio histórico, de los equilibrios ecológicos y de la integración de inmigrantes. De todo deberíamos hablar con serenidad, información y sentido del Estado. Pero estamos cegados -la idea es de Aristóteles- por la luz de la transparencia. Por eso me entra un grave temor que expreso en mi última pregunta: ¿no estaremos corrompiendo la lucha contra la corrupción? Solo de pensarlo se me erizan los cabellos.