02 may 2015 . Actualizado a las 05:00 h.
Cuando mi madre amagaba con echar mano a la zapatilla, bastaba aquel simple ademán, como el del pistolero que rozaba la culata de su revólver sin desenfundar, para que entendiese que la fiesta había terminado. Me acordé del gesto al ver el vídeo en que Toya Graham, al ver a su hijo Michael de 16 años avanzando con una piedra en la mano hacia la policía durante los disturbios de Baltimore, agarra al chaval y lo saca a collejas del tumulto. Y es que el amor de una madre a su hijo es algo telúrico, que emerge del fondo de la especie misma. Como los gloriosos pescozones de Toya.