No hay sitio en el retrete


«Eu queríame casare, miña nai non teño roupa. /Casa, miña filla, casa, que unha perna tapa a outra». En política, y no digamos en la política de las corrupciones, pasa lo mismo: unha perna tapa a outra. Cuando un imputado se encuentra desnudo ante una opinión que grita «crucifícale» y no sabe cómo tapar sus vergüenzas, rápidamente aparece otro que le ayuda a esconderlas. No penalmente, claro está, pero sí ante el público sediento de escaramuzas. Hace nada, las gentes apostadas en la plaza de las ejecuciones descargaban su ira sobre Juan Fernando López Aguilar, acusado de maltrato a su esposa con el agravante de la doble moral de haber sido el autor de la ley de violencia de género. Apareció Rodrigo Rato en la misma plaza, y la muchedumbre clavó sus ojos en él. López Aguilar seguía allí, pero parecía caza menor.

Por las mismas fechas comparecieron ante el Tribunal Supremo don Manuel Chaves y don José Antonio Griñán. Los medios hacíamos cábalas sobre su responsabilidad en una de las grandes corrupciones de la historia reciente. Nos preguntábamos cómo no se habían enterado de nada, como si fuesen infantas de España, y esperábamos ansiosos la confirmación o no de su imputación, entre otras cosas para que Podemos y Ciudadanos desbloqueasen la formación del nonato Gobierno de Susana Díaz. Pero el episodio de Rato también echó una manta sobre tanta expectación y la declaración de los políticos andaluces parece una pequeña historia del siglo pasado.

Algo parecido se podría decir de Pujol y su distinguida familia, que tantas portadas, artículos y horas de tertulia ocuparon. Ya no hay cámaras que les esperen a la puerta de sus casas. El jefe del clan y señora pueden salir sin meterse apresuradamente en su coche. Rodrigo Rato lo tapa todo. Tapa incluso a Bárcenas y a los de la operación Púnica, cuyas andanzas solo salen a la luz cuando las menea la oposición para robarle unos votos al Partido Popular. Y ahora, según se ha publicado, hay dirigentes del PP que le piden a Montoro que saque algún nombre socialista de la famosa lista de los 705, con el político fin de tapar al propio Rato y repartir un poco más el basurero nacional.

Todo esto no es anecdótico. Es la muestra visible de la cantidad de porquería que hay en este país. No hay sitio en el retrete. No hay espacio en periódicos, televisiones y radios para mantener la atención centrada en los escándalos producidos, ni siquiera para seguirlos. Llegará un día, quizá antes de las elecciones, que vendrá otro caso que esconderá y dejará pequeño el de Rato. Por eso no es extraño que Mariano Rajoy diga «cualquier cosa puede suceder en el futuro». Y estará moviendo hilos para que, cuando menos, no sea del Partido Popular.

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