El día que Rajoy le leyó la mano a Rosa Díez


Si le gusta la literatura profética no pierda el tiempo con Isaías, Ezequiel o Jeremías. Vaya directamente al diario de sesiones del Congreso del 25 de febrero del 2015, y verá al profeta Rajoy hablando como un libro abierto. Se celebraba entonces el debate sobre el estado de la nación, y Rosa Díez se había despachado a gusto contra un presidente mentiroso, corrupto, insensible, connivente con el fraude y protector de plutócratas. Y fue entonces cuando el presidente le dijo: «Oyendo sus palabras, señora Díez, me considero un hombre afortunado, porque me ha tratado mucho mejor que a Sosa Wagner, a Maura y a toda la gente de su partido que la va a dejar sola dentro de unos días». Ni siquiera Nostradamus podría mejorarlo.

Pero la cosa no terminó ahí. Porque harto de verborrea y pose, y notablemente molesto en aquel tramo del debate, el profeta Rajoy adelantó el resultado de las municipales diciendo: «Acabo de enterarme por usted de que el Partido Popular va a perder las elecciones. Y no seré yo quien ponga tal afirmación en tela de juicio. La España real -me dice- no se deja engañar. En cambio usted, le digo yo, va a tener unos resultados muy brillantes, y la felicito por adelantado». Era otra profecía, rebozada en ironía, que ya se está cumpliendo con implacable exactitud. Porque aquel gitano Rajoy, al que Rosa Díez le negó el tratamiento de presidente, había leído la mano de la lideresa de UPyD y le había anunciado su destino: «Colorín, colorado este cuento se ha acabado».

¿Y por qué sabía Rajoy que el cuento terminaba? Porque el diablo sabe más por viejo que por diablo, y cualquiera que tenga tablas en la política sabe muy bien que los partidos de oportunidad, que nacen aupados por circunstancias concretas y sin reservas suficientes para aguantar el estío, tienden a marchitarse tan pronto como gira la veleta, o cuando llega otro lector de oportunidades más preparado, más moderno y más vivaracho. Rosa Díez había aprovechado la pequeña ola patriótica y centralizadora que había generado el fin de ETA y la irrupción de Bildu en el sistema. Y sobre esa ola, que más de una vez intentó reverdecer tirando con fuego graneado sobre Mas y Junqueras, hizo un magro trayecto en las dos comunidades -Madrid y Valencia- en las que «hay gente pa tó». Pero la crisis cambió el contexto, y tanto el populismo de Pablo Iglesias como el glamur liberal de Albert Rivera le pasaron por encima como una apisonadora.

Doña Rosa tampoco es simpática, ni flexible, ni tiene un pensamiento elaborado. Por eso creó una organización que dependía en todo de un liderazgo -el suyo- tan irracional como artificioso. Y la gente tuvo que abrirse para soñar y respirar. Y todo lo que tarde en caer el telón sobre este sainete de cartesianismo político solo servirá para desprestigiar -como profetizó Rajoy- su ya penosa retirada.

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