Me cuentan que los dirigentes del PP salieron contentos de la junta nacional, y lo creo. Es que los dirigentes, como diría la ministra Ana Pastor, no son comentaristas. Son distinguidos militantes que no disfrutan con los líos y celebran las ceremonias de paz. Y Rajoy hizo una inmensa liturgia de pacificación al decir que no llama a la unidad, porque el PP es un partido unido, al distinguir lo importante de lo que «sólo interesa a 25» y al agradecer a de Cospedal sus trabajos en tiempos de tribulación. Díjolo Blas, punto redondo. Quien quiera conspirar contra Cospedal, estará en la oposición a Rajoy. No sabemos dónde estará quien quiera conspirar contra Arenas, pero sospecho que en el mismo destierro. Rajoy hizo un discurso lleno de lógica. Como no es un suicida, no atizó el incendio de las desavenencias, sino todo lo contrario. Como es un tipo responsable, evitó echar carnaza a la jauría, que se quedó sin una frase para alimentar nada que se parezca a una conspiración. Como sabe cuál es su tarea de jefe del partido, alentó a los junteros como si fuesen soldados que se van a la batalla de las urnas. Como está convencido de que gobierna bien, mantuvo su discurso económico, lleno de bienaventuranza. Y como los presentes son sus apóstoles en municipios y regiones, les dio hecho el guión de lo que tienen que decir y transmitir a los candidatos para la reconquista del votante que está pensando en cometer una infidelidad.
Todo muy obvio, todo muy de Rajoy. Y añado: lo llamativo de la difícil situación del PP es que su presidente tiene razón. Por lo menos, está cargado de razones. En una conversación privada es difícil llevarle la contraria. Y como es difícil rebatirle, nadie lo hace en los órganos de gobierno del PP. Ayer, por lo visto, sólo hablaron la señora Cospedal y el señor Floriano. Los demás aplaudieron mucho, se levantaron a aplaudir, y la gran duda es cuánto les durarán las emociones, porque Rajoy siempre los llena de las virtudes teologales de fe y esperanza (la caridad no viene al caso), pero rápidamente empiezan a dudar, como si las palabras del presidente tuvieran fecha de caducidad.
Lo sustancial es que ayer el partido quedó tranquilizado, como era la intención. Rajoy serenó a los mandos, como es su obligación. Y de puertas afuera, creo que el mejor resumen lo hizo el presidente gallego, Alberto Núñez Feijoo: «Vamos a ver si los españoles nos reconocen los aciertos y nos condonan los errores». Ese es exactamente el desafío, presidente: la condonación de los errores. Pero en el catecismo está escrito que no hay perdón sin propósito de enmienda. Y Rajoy está demasiado seguro de sí mismo para admitir lo que tiene que enmendar.