Jesús

Manuel Mandianes AL DÍA

OPINIÓN

06 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

El máximo grado de compromiso que alguien puede realizar es dar la vida por lo que cree y por los que ama. Jesús dio su vida por sus ideas sobre Dios, sobre la ley, sobre la libertad, y por la gente. Jesús no habló de su muerte porque, al menos durante buena parte de su vida, no previó su eliminación física ni consideraba las circunstancias de su muerte. La muerte a manos de ejecutores no era su finalidad en la vida. Jesús era mucho más peligroso que aquellos que llamaban al pueblo a la rebelión y al desorden. El Dios de Jesús, liberador y amor, se daba de bruces contra el Dios dominador y opresor de su tiempo. El poder de los poderosos corría peligro si hubieran dejado a Jesús hacer y decir todo lo que quería decir y todo lo que quería hacer.

A Jesús lo mataron los sacerdotes de su tiempo, llevados por la sabiduría de los poderosos que detecta las amenazas y cómo atajarlas, por cuestionar las leyes y reglas que regían el matrimonio, institución que protegía la pureza étnica y religiosa, por blasfemar, por perdonar los pecados, por hablar como Dios, por comer con los pecadores y con personas impuras como la samaritana, por hacer milagros, por liberar a los hombres de la esclavitud de la ley, por poner el sábado al servicio del hombre, por criticar el uso y abuso que los sacerdotes hacían del templo, del ayuno y los rituales.

Jesús rechaza la lógica del sometimiento y estimula la acción creadora por encima de toda autoridad política o religiosa. Para la sociedad judía, estructurada en torno a la religión, Dios no es alguien aislado de la realidad. Sabiendo que sería fiel a su causa y vista la reacción de las autoridades políticas y religiosas ante su persona y lo que ella representaba para los que lo seguían, todo indica que el pudo ir tomando conciencia de que su fin podría ser la muerte violenta a manos de los representantes del orden.

Para los creyentes, Jesús es un hombre cabal y también Dios. Cada vez más, los exégetas están de acuerdo en que Jesús fue progresivamente tomando conciencia de que su vida le llevaba a la muerte. Los cristianos viven en la tensión constitutiva entre el hombre Jesús, como realidad histórica, y el Cristo de la fe; creen que Jesús resucitó pero esta es una cuestión de fe.