Primero fue la impotencia, el horror, y el inmenso dolor del accidente que se convierte en catástrofe. Luego, cuando se supo que Andreas Lubitz había estrellado el avión, se añadió el espanto de lo inconcebible. Si hubiera sido un atentado terrorista con firma yihadista habríamos aplicado los esquemas habituales. Ya estamos fatalmente habituados a su barbarie y su crueldad sin límites desde el 11-S. Pero no, fue un joven alemán el que decidió acabar con su propia vida llevándose por delante la de otras 149 personas. Buscamos rápidamente explicaciones. Lo ha hecho porque padeció una depresión, porque le dejó su novia, porque estaba enfermo y sabía que no podría seguir volando. El suicidio es en sí mismo un misterio. Pero, ¿por qué decidió suicidarse sin que le importara matar a tantos otros? Volvemos al espanto de lo inconcebible. En realidad no sabemos por qué tomó esa decisión definitiva, brutal y destructiva. Sí, nos queda el tristísimo «consuelo» de que la compañía cometió una negligencia al dejar que alguien con sus antecedentes estuviera a los mandos del aparato o de que los protocolos para evaluar la salud mental de los pilotos no son suficientes o de que se haya permitido hasta ahora que vaya solo un tripulante en la cabina. Sí, es cierto. Se puede, se debe mejorar la seguridad aérea. Pero nunca sabremos realmente lo que se le pasó por la cabeza en el instante final para cometer un acto tan atroz, nadie nos podrá librar nunca de otro Lubitz. Por muchas supuestas explicaciones que nos den, o que nos queramos dar, en nuestro interior siempre acechará el espanto de lo inconcebible, el misterio insondable del lado más oscuro de la condición humana.