Inexplicable


De repente se desvanecieron todas las demás suposiciones y teorías que en 48 horas se fueron abriendo paso sobre el accidente aéreo de los Alpes. La tragedia es aún más tragedia. Las últimas informaciones apuntan a que fue el copiloto quien, de forma premeditada, estrelló la aeronave contra las montañas. Con sus 150 pasajeros y tripulantes dentro. Una acción que, a fuerza de dolorosas experiencias, entenderíamos algo mejor si alguien dijese que se trató de una acción terrorista. Pero parece que no, que a Andreas Lubitz, un joven de 28 años de vida en apariencia corriente, no lo movió ningún fanatismo de carácter político o religioso.

Pero todo son incógnitas. Si inexplicable era el suceso hasta la mañana de ayer, más lo es ahora. A algunas personas les habrá aportado algo de tranquilidad tener al menos una certeza, quizás mejor saber que fue una acción premeditada que un fallo en pleno vuelo, que, se estaba diciendo, se venían repitiendo de forma muy preocupante en los últimos tiempos. Pero lo cierto es que, a falta de conocer detalles que irán trascendiendo en los próximos días sobre la vida, los hábitos, las compañías, las lecturas, las consultas en Internet del joven copiloto, resulta muy difícil imaginar -y menos comprender- qué procesos mentales llevan a una persona a cometer un acto semejante. No solo porque necesariamente requirió una premeditación y preparación. También porque dispuso de al menos ocho minutos (el tiempo que dicen duró el descenso del aparato) para ser consciente de las consecuencias necesariamente dramáticas.

Ahora se tomarán nuevas medidas para reforzar la seguridad en los vuelos. Pero qué difícil resulta actuar contra la maldad.

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