El hundimiento

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

22 mar 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

En Galicia tenemos a Manuel Rivas. Manuel Rivas es un clásico. Su literatura es un inmenso ejercicio de ternura. En Aragón tienen a Manuel Vilas. Sus nombres suenan parecidos, pero son tan distintos. Los dos son grandes escritores, pero Manuel Vilas es tremendo. Es una detonación sin control. Es un caballo ciego al galope. Es un hombre de la carretera. Es un hombre escuchando música en el bar de una gasolinera, en medio del territorio mudo de la madrugada. Dicen que Manuel Vilas ahora está casi siempre en Estados Unidos, desde donde escribe unos partes fabulosos. Manuel Vilas escribió novelas, con cierto éxito. Pero el Manuel Vilas inmenso está en sus poemas. En sus textos breves que son sacudidas. Ese Vilas escribe en el filo de la herida que sangra. Ese Vilas sabe de las vidas de la gente corriente. Ese Vilas te traduce a una cajera de supermercado y te deja con la boca abierta y con el corazón saltando como un arenque fuera del agua. Ese Vilas parece que solo beba gasolina y únicamente se alimente de vodka. Ahora publica el premiado El hundimiento. Un libro devastador. Brutal. Como la España actual. Un libro que resume España (o Expaña). Un libro en el que sitúa sus cincuenta años frente al espejo, mientras se afeita, con los cincuenta años de su padre, y solo le entran ganas de pedir perdón. El Vilas de El hundimiento es veneno. Es un beso de veneno. Un trago de ácido. Pero no están los tiempos para baladas o para ponerse un canesú y un camisón de ganchillo. Vilas, poderoso, nos hunde en el fango de la vida vivida al límite, nos hunde en el barro de su gran Ebro natal desbordado, como él cuando escribe a la velocidad con la que hacía arder los pianos Jerry Lee Lewis. Escribe como si los que tecleasen fuesen los pies de Usain Bolt, del viento, de la navaja deshollinadora del Cierzo.