No hay ninguna ley que envíe a Paulo Coelho a galeras pero muchos lo habrían deseado. Si alguien ha sacado partido del gran show que es el Camino es este brasileño multiformato que ha encontrado el click de la fama y lleva manoseándolo desde El Alquimista. Llegó el miércoles Coelho a Santiago con el prestigio sobado y esa concesión displicente de quien comparece acompañado de un ejército de fans dispuestos a matar por el chamán. El lector exigente nunca encontró en su obra combustible intelectual de calidad pero, ojo, porque hace tiempo que invocar al brasileño induce un rictus de empacho en casi todo el personal. A Paulo le ha faltado empatía y le ha sobrado ego, lo que indica que sus octavillas de autoayuda no son milagrosas. Coelho acaba de reconocer que el Camino lo acabó en autocar, el vehículo con menos poesía del presente. No hay más que ver cómo son sus estaciones, incapaces de atrapar la magia intemporal de los apeaderos ferroviarios. Casi todas las terminales de autocar son no lugares y en sus baños habitan las tinieblas. Los millones de personas que compraron el bautismo jacobeo de Paulo Coelho tendrán pesadillas al proyectar su silueta tapizada en un Monbus. Esa idea del converso conmocionado por la sobriedad húmeda del Obradoiro era indispensable para dar autenticidad al gran tinglado de su peripecia jacobea. Es cierto que su libro El peregrino fue el gran comercial del Xacobeo pero también la primera piedra de este parque temático que muchas veces es el Camino. La confesión del escritor debería poner en alerta a los que apuestan por convertir Compostela en Orlando.