Down


Un mundo sin ellos sería infinitamente peor: menos alegre, menos generoso, menos abierto y espontáneo, menos sincero, menos humano, porque solo ellos son capaces de aportar semejantes torrenteras de alegría, generosidad, sencillez y, sobre todo, cariño, que nos hacen más humanos, muy especialmente a sus seres más próximos: sus padres y hermanos, sus abuelos, sus tíos, sus profesores, sus colegas de trabajo, sus amigos. A veces pienso que si algunos tienen miedo al síndrome de Down es porque no conocen a nadie que haya nacido con ese cromosoma de más o porque tienen miedo a la propia felicidad.

Saber querer es, me parece, la asignatura pendiente de nuestro tiempo. Y por eso los necesitamos tanto: porque saben querer como nadie y porque se hacen querer. De algún modo, te obligan a quererles y, al hacerlo, aprendes a querer a todo el mundo. No es solo que propendan al abrazo, al achuche, al besuqueo, sino que te desconciertan con sus continuas atenciones, con su agradecimiento profundísimo -no son de los que se creen con derecho a todo- y con su fragilidad indisimulada que, a veces, puede parecer chulería. Recuerdo haberle dicho a un amigo de mi hermano que tenía que adelgazar, que estaba muy gordo. Lo reconoció de inmediato, pero añadió: «Pero oye, que ya he adelgazado, eh». Y sacó de su cartera una tarjetita en la que apuntaba los pesajes: «Mira, ¡he bajado 100 gramos!».

Son maestros de humanidad, personas imprescindibles que actúan como poderosas centrales generadoras de afecto en las familias -siempre más unidas si están ellos-, en el trabajo, en la vida social. Me uno muy contento al Día Mundial del Síndrome de Down que se celebra hoy. Debería ser festivo.

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