Cuando es el talento quien revisita a un clásico, bienvenido sea. El talento es el que ha entrado en el sagrado santuario del 221B de Baker Street y lo ha hecho para bien. La BBC lleva ya tres estupendas temporadas de Sherlock. Mini temporadas de tres capítulos, cada una, que, en realidad, son pequeñas películas sobre el ingenio del detective más famoso y peculiar de la historia. Sir Arthur Conan Doyle si levantase la cabeza, estoy seguro que daría una chupada a una pipa y diría con ironía: «Elemental y trepidante, querido Watson». Ambientada de forma genial en el Londres de hoy, da gusto ver a Sherlock seguido por Holmes descubrir con su infalible capacidad de deducción los crímenes más o menos inspirados en los libros de Conan Doyle. Tiene mucho encanto que los actores sean también dos fenómenos como Cumberbatch en el papel de Sherlock y, nada menos, que Frodo (Martin Freeman) en el de Watson. Los guiños son continuos. Y gusta cómo está actualizado el detective que ahora utiliza su móvil como herramienta fundamental para agilizar todavía más la formula 1 de su privilegiada inteligencia. Dicen que habrá cuarta y quinta temporada. Ojalá. Lo que es terrible es constatar que, salvo honrosas excepciones como Isabel, en España no seamos capaces como en Inglaterra de convertir a nuestros personajes de ficción más entrañables en genios contemporáneos. Es el único camino para que los críos descubran la cultura con mayúsculas, sin huir de ella.