Ahí va el PSOE. A trompicones


El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha vaticinado a Pedro Sánchez en sede parlamentaria que no va a llegar al Ejecutivo. No dudo que para llegar a tal vaticinio pasó mucho menos trabajo y esfuerzo que los de Argentinita -entrañable recuerdo de niñez de los jueves compostelanos en la Calderería- cuando, al grito animoso de su compañero: «¡Argentinita, concéntrate!», adivinaba suerte y paradero de un emigrado a instancias de alguien de la familia. Más trabajo le costará saber con certeza de su continuidad.

Al PSOE no le valieron primarias, ni siquiera dos candidatos jóvenes en contienda. Tampoco los apoyos a uno o las posiciones en contra hacia al otro, para que diera remontado en resultados. Ni siquiera que Pedro Sánchez fuera un candidato adecuado. Porque el problema es el propio PSOE. Aquel que deriva de los diez años de Zapatero. En el que muchos son cromos intercambiables y baronías, coyuntura y sociología, con su punto de populismo, y su colección de perdedores de cambalache y compadreo. O la desmedida influencia andaluza con el liderazgo de Susana Díaz que en España lleva a la autorrepresentación, como señaló recientemente Jaime Miquel.

Tampoco resultó la imposición del silencio que pretendió la ejecutiva de Pedro Sánchez ante el vodevil de la cena con Podemos de Bono y Zapatero, o las filtraciones de apoyos a Susana Díaz para liderar el PSOE por ella misma o por la figura de Chacón. Sucede, sin embargo, que ambos hechos se reconocen por la propia ejecutiva socialista y el todavía secretario general, como síntomas de ruido en torno al liderazgo socialista.

Silencio atronador, que hoy mismo acabó en sonora treboada.

Porque hoy, una vez más, el Partido Socialista en Madrid reventó. Tomás Gómez, el último barón cooptado por el PSOE de Zapatero en quien pusieran todas sus esperanzas, fue cesado por la ejecutiva socialista. Tomás Gómez, el dirigente que alimentó la desafección de los madrileños hacia el Partido Socialista, dejándolo en un escaso 19 %, desde aquel 35 % largo de las europeas de cinco años antes, sin despeinarse en una mínima visión crítica de su liderazgo, cargando la responsabilidad toda a Rubalcaba. Tomás Gómez, luego del cese, amenaza: «Esto no ha hecho más que empezar». Si se refiere a la desfeita socialista, probablemente está en lo cierto.

Hace días indicaba mis preferencias por el discurso de algunos socialistas silenciosos frente al disparatado balbordo de tantos dirigentes. Unos porque no hablan de política, apenas de poder. Y otros porque ni saben ni están a ello.

No es que uno conozca la estrategia o el programa político de Pedro Sánchez, ni siquiera qué opone al de los populares, o al de los que pueden, pero seguro que su éxito o fracaso dependerá más de los liderazgos territoriales y su capacidad de someterlos a un discurso y una política común, que de lo extenso y prolijo de su programa. Y si el cese de Tomás Gómez apunta a eso, quizá en el PSOE empiecen a atender, por fin, el discurso de algunos socialistas silenciosos. Alguno va quedando.

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