El monedero roto


Deshacerse de un monedero siempre resulta doloroso; uno nunca acaba de decidirse a hacerlo. Se lo dice quien tiene monederos de todos los colores, modelos y estilos desperdigados por los cajones de la casa y es incapaz de desprenderse de ellos. Por eso, decirle a alguien que prescinda de su monedero porque se le ha roto, no deja de ser un atrevimiento, porque cada cual sabe lo que debe hacer y mucho más esos que nos marcan la temperatura de nuestras conductas.

Pero hay monederos que ya no prestan servicio alguno. Más bien al contrario; resultan tan pesados como una mochila cargada de piedras. Y eso, cuando se inicia el camino, que se antojaba fácil y sin obstáculos, puede ser decisivo para no llegar a la meta. Parece mentira, pero un monedero deteriorado causa más problemas de los que soluciona.

Lo mejor en estos casos es tomar una decisión valiente y por mucho que te guste y grandes servicios que te haya prestado, abandonar el monedero en un rincón; lo antes posible. Lo mejor es ser audaz y no hacerse al camino con un hándicap demasiado pesado, sobre todo si te has cansado de decir que ese camino estaba repleto de saqueadores y cuatreros. Porque te vas a pasar el día desmintiendo, rechazando y negando que llevas un monedero ajado, y tratando de demostrar que hay una campaña de acoso y derribo, como aquellas que hicimos antes contra Blesa, la Pantoja, Bárcenas y Pujol.

Al monedero se le coge cariño; es evidente. Pero si te condiciona el futuro lo mejor es prescindir de él. Porque mientras lleves en el bolsillo un monedero infectado que apesta, lecciones, lo que son lecciones, las mínimas.

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