Ya en el siglo IV, san Agustín se preguntaba con insistencia qué era la música. Yo acudo a ella sin preguntarme qué es. Pero me reconforta. Me huye, permítanme la impropiedad lingüística, de este mundo de estrépitos y zafiedad. Hubo un tiempo en que los discursos políticos tenían altura moral e intelectual. Ahora basta escuchar a los líderes políticos para saber que todo ha devenido en nadería y futesa. A mí me cuesta imaginar un mundo tan maleducado, burdo y basto, como este de hoy: nos ha vencido la ordinariez. Admiro a los profesores que penetran cada hora, en cada clase, con el ánimo obstinado de repartir luces. Los admiro porque todo juega en su contra. La política, dije, pero también sus altavoces y hermeneutas. Se han perdido las formas, y cuando lo dices te contestan: «Peor es robar». Sin duda. Pero una cosa no quita la otra. Se puede ser honrado y educado. Se puede repudiar la corrupción que hemos vivido y no renunciar a las buenas maneras: la finura. Las tertulias políticas de cada fin de semana producen repugnancia. Si unos y otros son el espejo de nuestro futuro, me quedo con la música. San Agustín se preguntaba qué era. Yo creo que es lo contrario del ruido ensordecedor que nos azora y desconcierta. El otro extremo de la vulgaridad del presente, tan grosero. Presenciamos atónitos el eclipse de la cortesía. Solo nos queda aguardar tiempos mejores. Llegarán. Ojalá.