Tres más dos no son cuatro más uno... ni cinco

Juan M. Lema Rodicio, Catedrático de Ingeniería Químico de la USC A DOS BANDAS

OPINIÓN

08 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Me estoy refiriendo, claro está, a la estructura de los estudios universitarios y empiezo por decir que he sido, y soy, un claro defensor del sistema de grado y máster (3 +2), operativo en toda Europa, salvo escasísimas excepciones. Eso sí, planteo algunas matizaciones de fondo.

El reciente decreto del Gobierno que abre paso a una nueva organización ha creado una gran inquietud social y ha dado paso a una polémica, desde luego, con fundamento. No parece de recibo, sin un debate en profundidad, que se haya tomado una decisión tan importante y al mismo tiempo tan ambigua.

Los primeros argumentos que salieron a colación han sido los económicos: el Gobierno tratando de atraer a las familias con la oferta falaz de que pueden ahorrar mucho dinero y las universidades temiendo el descenso de alumnado y de financiación. Los estudiantes, a su vez, consideran que la medida puede dificultar, e incluso impedir, el acceso a los estudios superiores debido al coste de la matrícula en el máster (que en realidad no tendría por qué ser diferente a la del grado). El económico es un tema importante, pero constituye solamente uno de los vértices de un poliedro en donde los aspectos académicos y profesionales deberían clarificarse previamente. Si no fuera así, se estaría planteando un debate vacío en el que faltarían las claves básicas.

La decisión, errónea según mi opinión, de concebir todos los grados con una duración de cuatro años se tomó en base a un argumento incorrecto: no resultaba posible concentrar en tres años lo que se impartía en cinco. Se adoptó, como mal menor, una solución original, muy propia de la misma idiosincrasia que, en su día, nos decantó por un ancho de vía de trenes diferente al europeo (¿para impedir invasiones militares?) y que ahora cuesta tanto reconvertir. Este proceso, que denomino de «compresión mecánica» ha dado como resultado un producto híbrido que no satisface a nadie y que ha llevado a situaciones tan absurdas como que diplomaturas que se impartían correctamente en tres años hayan tenido que aumentar artificialmente su duración y que licenciaturas de cinco años se hayan amputado en un 20 %.

El error ha sido (y posiblemente sigue siendo) confundir los grados con licenciaturas o ingenierías. ¿Alguien puede entender, por ejemplo, que en el sistema anterior se requirieran cinco cursos para formar a un psicólogo o a un químico y ahora se consiga una formación equivalente en cuatro? o en tres?

Propongo, para el nuevo modelo, la estrategia de «cirugía selectiva», mediante la cual se deben identificar aquellas materias correspondientes a tópicos más especializados, que se trasladarían al máster, quedando en el grado las materias de formación básica. La adaptación al sistema de Bolonia se conseguiría con facilidad, en la mayoría de los casos, transformando los estudios tradicionales de primer, segundo y tercer ciclo en grado, máster y doctorado, con títulos diferenciados y con contenidos correspondientes a cada nivel. Así, el grado debería dar lugar a la formación final en algunos casos (por ejemplo, las anteriores diplomaturas) y a un título intermedio, generalista, en otros estudios en donde una gran mayoría de los estudiantes proseguirían los estudios de máster. Este esquema, aplicado en muchos países, permite diversificar y enriquecer la oferta promoviendo una estructura piramidal con unos grados que dan entrada a muchos títulos de máster (justo al contrario de la tendencia actual). Y, desde luego, en aquellos casos en los que se requiera una formación integral tales como ingenierías o Derecho se debería contemplar la figura del máster integrado de 5 años, modelo que ya se aplica en algunos países, como Suecia, Francia o Portugal, y en toda la UE en estudios tales como Medicina, Farmacia o Arquitectura. Como ejemplo de la validez de este esquema, indicar que los estudios de Ingeniería Química de cinco años de la USC han sido acreditados por la Institution of Chemical Engineers a nivel de máster.

Entiendo que mis compañeros de universidad estén indignados ante la falta de consistencia del marco legal, cambiante según el discurso político, y que muestren un rechazo frontal ante una dinámica en la que, de nuevo, se requiere una reorganización, en un proceso delicado y muy laborioso. Pero creo que merece la pena este nuevo esfuerzo de cara a conseguir una solución homologable en Europa y una clarificación de las capacitaciones profesionales de los diferentes títulos. Me parece muy necesaria la moratoria de dos años que han acordado la mayoría de universidades para adaptarse (o no) al nuevo modelo, aunque este acuerdo probablemente tenga diferentes motivaciones: unos, para preparar mejor la transición y otros para, sencillamente, ralentizar (o, en su caso, torpedear) el proceso. Creo que las universidades más dinámicas (y desearía que las universidades gallegas lo fueran) van a optar claramente por el modelo 3+2. En ese caso se debería promover el debate y comenzar el proceso para lograr una transformación necesaria, coherente y eficaz.