¿Tiene arreglo la universidad?

OPINIÓN

Vistos algunos antecedentes -la peste se erradicó y las guerras mundiales terminaron- cabe suponer que la crisis de las universidades acabará también. Pero la misma historia que nos dice que «no hay mal que cien años dure», también nos enseña que nada se soluciona sin cambios profundos. Por eso creo que la pregunta del título hay que responderla en dos tiempos: la universidad como institución tiene arreglo, pero las universidades de hoy, construidas desde el dispendio y programando con los pies, tienen poco futuro.

En la euforia de modernidad que trajo la transición alguien llegó a la conclusión de que lo importante de la universidad no era la formación intelectual y humana de los estudiantes, sino el currículo investigador de los profesores -bastante artificioso, por cierto-, la adaptación de la enseñanza al mercado laboral -que nos llevó a una alocada carrera de títulos y planes de estudio-, y la calidad formal del sistema, entendida como una ramplona imitación de las universidades más mediáticas. Por eso tenemos calendarios académicos desarraigados, una falsa y farragosa cuatrimestración del saber, y una calidad que brilla en los papeles y esmorece en la cotidianeidad. Y eso quiere decir que la única lógica del proceso es la de Wert, que trabaja para el mercado, genera malas copias de universidades extranjeras, y crea en los profesores una adicción enfermiza al sexenio y a los másteres.

El segundo problema es el asamblearismo supino, que, convertido en método de gestión, nos llevó a absurdas programaciones y a gobiernos ineficientes, y a una definición del currículo académico que solo se explica porque los alumnos no cuentan para casi nada y los profesores solo se preocupan de maximizar sus oportunidades profesionales.

El tercer problema es la proliferación de universidades, que, además de complicarlo todo, generó una interpretación muy curiosa de la autonomía universitaria, que hace a las autoridades académicas responsables de todo lo que es gasto y de casi nada de lo que es ingreso. Por eso se puede llegar a una situación tan absurda como la actual, en la que los gestores universitarios tienen ideas para todo y recursos para nada, mientras los gobiernos que determinan los ingresos no se fían ni un pelo -con bastante razón- de cómo programamos la investigación, gestionamos centros y docencias, distribuimos profesores y competimos en el espacio local. La diarrea de planes y títulos es un síntoma de que el camino elegido para cambiar la universidad es la regeneración por colapso, y que, aunque hay otras posibilidades, ni los políticos ni los profesores estamos dispuestos a hacer prevalecer el futuro de la institución sobre los enredos cotidianos. Así que esto se va a arreglar como la peste, cuando los microbios que infectan el sistema no puedan sobrevivir dentro de él.