En la acera de la calle Sarri, de Atenas, una anciana de ropa negra y pelo blanco trenza ristras de ajos. En una cestas esperan las cebollas. Pero hay más. Hay más ajos y cebollas. Dentro, en un bajo oscuro, polvoriento. Parece una imagen de posguerra. Y, sin embargo, esta señora menuda se encuentra en un ventrículo del corazón de la capital.
El blanco y negro enmarcado por una ola de grafitis. Muy cerca está la sede del partido que encabeza las encuestas. El cuartel general de Syriza, que estos días es un ir y venir de gente. Y un poco más allá sigue en ebullición continua Monastikari, con sus terrazas, sus turistas japoneses y sus peregrinos de maleta y estación. Pequeños puestos de fruta tientan al transeúnte. Tiene mandarinas imperfectas a la vista, dulces al paladar. El comerciante llena la bolsa de papel por un euro. «Llámeme Jimmy, soy indio. En las elecciones que sea lo que Dios quiera. Bueno, que sea lo mejor para nosotros, para esta gente», dice.
A la vuelta de la esquina asan castañas, de las buenas, de la isla de Creta. Y más arriba, en la cima de las escaleras de la plaza Syntagma, con el Parlamento de fondo, dos ejecutivos sortean un perro tendido al sol. Parecen envidiar uno de esos muchos perros que vagan libres por Atenas. Que no son de nadie y son de todos. Alimentados a escote con latas de pienso y platos de sobras. Puede que los canes hayan disfrutado de un mejor mantenimiento que las propias calles de la capital. Mientras esperan a que los semáforos muten al verde, muchos detienen su mirada en estos perros. No solo los turistas. También los griegos. A veces observan como ensimismados, conmovidos. Porque muchos saben que vivir como un perro es otra cosa.