Hemos pasado de la mítica frase que pronunció Antonio Maura, «yo, para gobernar, no necesito nada más que luz y taquígrafos», y que tanto bien le hizo al periodismo, a un nuevo adagio, que sería algo así como destello y pantallas. En ese destello y pantallas se refleja hoy el relámpago de información que es tan difícil de controlar y digerir en los nuevos dispositivos (móviles, tabletas, portátiles...). La nueva velocidad de la luz de la información, y de la opinión, tiene su virtudes y sus desastres. El punto de saturación es continuo. Las noticias mueren al segundo. Los comentarios y puntos de vista son millones. Hay tantos púlpitos como personas. Es la consagración de la libertad de informar y de opinar. O todo lo contrario. El tiempo dirá. Lo que ya dicen los expertos en neurociencias es que al cerebro le cuesta menos leer en papel. Dioptrías aparte, algunos estudios ya subrayan que los folios impresos son mejor asimilados por la mente que las decenas de pantallazos que nos tragamos a todas horas. Los neurocientíficos matizan su afirmación aclarando que no hay que tener miedo a la revolución y consideran que es muy probable que la enorme capacidad de asimilación de nuestras cabezas supere el examen. Y que los nativos digitales tienen, por supuesto, más fácil la adaptación. Pero lo que es evidente, de momento, es que leer en pantallas cansa mucho más. La mente no tiene puntos de referencia visual para recordar párrafos. Y, ojo a los insomnes, la luz que emiten los dispositivos electrónicos hacen que el ritmo del sueño se altere. Sigue siendo más eficaz irse a la cama con un tocho que con la leve pantalla que resquebraja sin que nos demos cuenta la esfera de nuestro reloj circadiano. El mundo ya es otro. O solo son manías de viejunos.