Los tiempos cambian. Pero hay algunas cosas que permanecen inmutables. Me cuenta un amigo que ya pasó los cincuenta años que pertenece a una generación en la que nunca nada fue para ellos. Cuando eran niños, escuchaban siempre una mítica frase: «Quieto, es para tu padre». La oían cuando veían un manjar en la cocina e intentaban probarlo o, directamente, comérselo. Aparecía su madre y les soltaba la frase reprobatoria que los alejaba de la vianda exclusividad del progenitor. Era esa época en la que los padres eran el pilar de la familia. Había por ellos un respeto reverencial. Los padres eran como tablas. No daban mimos ni se comportaban con sus hijos como colegas. La distancia era insalvable. Y las mujeres protegían al pilar de la casa incluso ante sus hijos, aunque a algunas madres (y, a veces, abuelas) por detrás se les ablandaba el carácter y repartían algo para sus pequeños. Pero había cosas, como el periódico, por ejemplo, que primero eran para el padre. Mi amigo tuvo que volver a escuchar la frase cuando creció. Ya era el padre y, cuando pretendía comer algo, escuchó en boca de su mujer: «Quieto, que es para tu hijo». Era el baby bum y el centro del universo eran los niños. Ya no había esas componendas con los padres, que simplemente pasaban por allí. Todo era entonces para los pequeños. Así creció mi amigo, emparedado entre la madre y la esposa. Añado que los tiempos no cambian, porque hoy todavía sucede, aunque las familias ya tienen pocos hijos o tal vez por eso, que se impone ese «quieto, que es para tu hija». Los niños son lo primero, lo único. Y sucede que así los hacemos crecer en un colchón de plumas que luego jamás encontrarán en la vida real cuando se hagan mayores.