Terminaba la última crónica, ayer mismo, pidiendo al Gobierno que no estropee los buenos indicios económicos, porque los puede estropear si convierte la buena marcha del país en propaganda electoral. Me faltó un detalle: o exagerando el optimismo. Y ya lo hizo. Un buen ministro, cabal y sensato como es Luis de Guindos Jurado, se dejó llevar por el entusiasmo y dijo eso que escandalizó a tanta gente: «Los españoles ya no tenemos miedo a perder el puesto de trabajo». ¿De dónde habrá sacado ese dato el señor ministro? ¿A quién se habrá referido? ¿En quién estaría pensando para hacer semejante afirmación? ¿Tiene contacto con alguien que no sea funcionario para saber que no teme perder el empleo? El miedo es libre, ministro, y el miedo al paro está tan metido en el cuerpo de los ciudadanos, que resulta una provocación decir que ya no lo sentimos.
Esto es lo peor de la euforia oficial cuando se desata ante unos buenos indicadores económicos: que los poderosos tienden a pensar, por lo menos a decir, que el desempleo ya no asusta, aunque siga siendo la principal preocupación del país. Los pasos siguientes serán, por este orden, empezar a considerar que el paro es un problema, pero un problema menor; que ya no hay paro alarmante en España; que los parados resistentes están así porque no tienen ganas de buscar empleo; que sobran oportunidades de colocación y otras frases que conturban al personal. Luis de Guindos Jurado abrió una senda dialéctica y propagandística que daña la propia credibilidad del Gobierno. Al dañar la credibilidad, perjudica también el factor psicológico, imprescindible para superar la crisis. Y algo peor: abre un debate que solo sirve para recordarnos el porcentaje de parados, las condiciones en que viven, el número de hogares donde no entra ningún salario y la cantidad de tiempo que un parado tardará en emplearse.
Estos gobernantes están vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Confunden sus loables deseos con la dura realidad. Transmiten capacidad de fabulación, que se vuelve melancolía y desconfianza cuando no se confirman sus alegres pronósticos. Adulteran el debate público por su inquietante diagnóstico, tan distante de lo que observa la gente del común, única que sabe cuáles son sus pesadillas. ¿Y sabe el ministro Guindos qué es lo que atemoriza todavía a la sociedad? El miedo a no encontrar trabajo, medible en los cientos de miles que llevan tanto tiempo parados que han perdido incluso el derecho al subsidio. Todo es miedo ante el empleo, y no sé qué miedo es peor. Solo sé que no se puede jugar con ninguno de ellos, porque el de perder el empleo conduce a la sumisión esclavizante, pero el de no encontrarlo conduce a la desesperación.