Las tardes del día de Navidad son infinitas. La programación de la televisión es un déjà vu de películas que aunque sean inéditas parecen que ya las hemos visto en otras sobremesas idénticas a estas. Incluso los bostezos suenan a estrofas de villancicos ya cantados en infancias lejanas. La siesta es pesada, lenta como la digestión perezosa en la que parece que el cordero asado es indigerible y el champán practica un reflujo esofágico de saltimbanqui, rodeado de eructos como saltos mortales sin red.
Después de comer, de brindar, de contar los últimos chistes que YouTube o similar en Internet han dejado en el buzón de las redes sociales, nos asola el miedo escénico de qué hacer toda la tarde que tenemos por delante. Y vamos desechando alternativas. No estamos para leer el libro que habíamos dejado aplazado y optamos por la televisión, que siempre nos puede proporcionar una cabezada disimulada entre los dos cortes publicitarios.
Y en esa vigilia que precede al sueño, hacemos balances de urgencia y nos damos cuenta de que indudablemente Papá Noel, o Santa Claus, o como quiera que se llame, ha ganado la batalla a los Reyes Magos, o cuando menos ha duplicado la orgía de juguetes y regalos para niños y mayores. Y piensas en el auge del gin-tonic frente al popular y pequeño burgués cubalibre de otros y aún cercanos tiempos.
Le das vuelta a tu cabeza para acertar a descubrir el auténtico sentido de la Navidad y se cruza por entre las neuronas el mensaje regio en el que el rey de España, colándose por la pantalla, dijo con otras palabras lo mismo que ya habíamos escuchado, y lo comparas antes de que el sueño cortocircuite los recuerdos inmediatos, con la bendición urbi et orbi del papa Francisco que escuchaste hoy mismo por la mañana y en la que el papa de Roma expresó alto y claro que había demasiadas lágrimas esta Navidad.
Y en una clara suma de pensamientos convergentes, valoras a la baja las declaraciones de Rajoy anunciando el armisticio de la crisis, el parte final de que cautivo y desarmado el ejército del desempleo y los golpes violentos de la economía especulativa, «la guerra ha terminado», y reivindicas trabajos justos y urgentes para los cuatro millones de parados, mientras crees escuchar la música de fondo que reitera la palabra corrupción como un mantra que no cesa.
A las dos horas, te despiertas sobresaltado. Ha terminado la película de la tele. Ya la habías visto, casi la sabes de memoria, es La vida es bella. Está anocheciendo. Acaso es la hora de tomar un café o un Almax, quizás ambas cosas. La tarde del día de Navidad se va diluyendo, escondiéndose en el almanaque hasta dentro de un año. En la calle, un coro improvisado de chavales cantan villancicos.