Cuando era una cría, Susanita tenía un ratón que comía chocolate, turrón y bolitas de anís. Nos lo cantaba Fofó desde aquellas antidiluvianas teles porque aún no se inventara lo del plasma. Pero lo que ocurre siempre; que Susanita ha crecido, que ya es toda una mujer, que el ratón se habrá muerto y que ahora la buena de la señora quiere el sillón. Y está dando la lata con el trono como Fofó nos la dio con el ratón. Pero sin gracia.
No es que el hermoso y apuesto joven sea el Bruce Springsteen de la política española, ni el líder que su partido necesita. Su principal mérito es una belleza irresistible, pero la actitud de Susanita de te estoy vigilando; ahora no, pero ya veremos y el tren volverá a pasar, resulta tan mezquina como insoportable en un país en el que los problemas nos salen por las orejas y necesitado como está de un opositor estable y firme, alejado de peleas de mesón de carretera. Susanita domina como nadie el arte de la presión hasta el estrujamiento y el adonis está acorralado.
Resulta tremendamente llamativo que quien gobierna una de las comunidades más deterioradas de Europa, con récords en los índices de paro y con la corrupción como bandera, y quien ha sido incapaz de poner orden entre unos compañeros dedicados al pillaje y al asalto de los dineros comunes, utilice el chantaje como método de promoción personal. No hay más que verla como un pavo real desafiante después de visitar a Rajoy.
Los ciudadanos le pagan a Susanita para que les resuelva los problemas, de lo que se revela como absolutamente incapaz. Porque a ella lo de gobernar, más bien poco. Lo que le va y lo que realmente hace bien es intrigar, intimidar y enredar.