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Hay países en los que el testimonio de un hombre en los tribunales vale el doble que el de una mujer. En los que la ley dice que a ellos les corresponde el doble de herencia que a ellas. En los que a ellas, en realidad, en la vida no les corresponde casi nada. Son como una especie de nuevos Las Vegas, pero más ostentosos y relucientes. También más medievales. La cerrazón en el corazón del sistema y el Aston Martin en el garaje. No es cuestión de dinero. Sobra. Pero siempre es mejor organizar un mundial de fútbol que unas elecciones democráticas. O aportar fondos para los que prediquen la desigualdad y la caza del infiel. Desde la perspectiva occidental, la situación debería considerarse intolerable. Pero las vestiduras se rasgan dependiendo del sol. Y hay soles que calientan mucho y bien, que ofrecen una temperatura que invita al cómodo ronroneo. Pero pocas veces se plantea si es inmoral estrechar la mano de estos gobernantes. Con Cuba, país también hambriento de voto y de libertades, el rasero es bastante distinto. Sí es cuestión de dinero. Y de buenas raciones de cinismo empaquetadas con bonitos lazos de diplomacia.

En su día, la señora de Jordi Pujol, Marta Ferrusola, criticó con vehemencia la posibilidad de que la camiseta del Barça incluyera un «Visita España». La idea le pareció, literalmente, «horrorosa». Del patrocinio de Catar en el equipo azulgrana, ni pío. Hubo quien entonces, acertadamente, le recordó a la esposa del todavía honorable que, si ella fuera catarí, difícilmente podría expresarse con tal sinceridad. Simplemente tendría que ceñirse a lo que dijera Pujol. Y punto. Pero su silencio contaría con la sonrisa complaciente de Estados Unidos y Europa.

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