Estamos agobiados analizando las repercusiones del fin de la guerra fría, de la crisis rusa y de ese fiscal general que se fue por motivos familiares, que es como se llama ahora a estar hasta el cogote de los que te pusieron, y no le prestamos la atención debida al joven Nicolasín. Un hacha el chaval, con un comportamiento digno de un sesudo ensayo de 500 páginas.
El niñato de tres al cuarto coloca contra las cuerdas a media España. Espías, Zarzuela, Gobierno, jueces, policías, empresarios, políticos y demás juglares tiemblan a medida que el pequeño va filtrando las fotos de sus amigos y allegados, en los actos más selectos y exclusivos. Y es que el joven Nicolasín no es una excepción en este país en el que las amistades, los contactos, los amparos y el bien figurar resultan imprescindibles para hacer carrera. Miremos a nuestro alrededor y veremos Nicolasines por todos lados. Abramos los periódicos y encontraremos trepas e impostores en cada línea.
Nicolasín no le quiso decir al juez lo que sabe, para tembleque de los que lo ayudaron, que siguen aterrados. Pero no es necesario. Lo que el pequeño trepa nos ha demostrado es que él no es una excepción. Es un icono. En este país cualquier chiquilicuatro puede vivir en chalés de lujo, hacer negocios millonarios y alternar en palacios con quienes deciden nuestro futuro, sin el menor problema.
Míralo, qué pillo. Cómo ha desnudado a nuestros admirados mandamases. Son unos papanatas, unos arribistas y unos granujas. Como demostró el golfillo Nicolasín.