Plan de pensiones


Alfonso Guerra se acaba de convertir en el conejo de la chistera, que aparece tras un nada por aquí, nada por allá y un gracioso y enérgico alehop. Alfonso Guerra, como esos apátridas atrapados en los aeropuertos, vagaba anónimo y perdido por los pasillos del Congreso donde se había quedado a vivir desde su salida del Gobierno. Y tras años de olvido aparece en un trastero -me imagino que un trastero de lujo y con moqueta- para ir a abrazar la jubilación. Su vocación de servicio era de tal magnitud -quizá solo comparable a la de Fraga Iribarne- que se hizo diputado de clausura para entregar su vida a San Jerónimo. Y ese es el ejemplo que inspira la vocación de Ana Mato. Ana la distraída, la perfecta casada cuando estuvo casada -como la señora de Urdangarin-, sacrifica una vida de placeres, coches y fiestas infantiles con globos y payasos por esa otra más dura, que no deja tiempo a sus señorías para disfrutar del dinero que ganan, tal como acaba de explicar Soraya. A Soraya, como a Unamuno, le duele España, y por eso, por nuestro bien, se sacrifica. Tiempo habrá para la diversión. Fraga era un animal. Político. Y decía que, tras dejar la política, preferiría trabajar de conserje en un instituto de enseñanza media que jubilarse. Me imagino que el caso era seguir mandando, aunque fuese a chiquillos de trece años. Pero no hubo tal. A Fraga lo pilló la fatalidad en el Senado. Por eso hoy quiero rendir un homenaje a los jubilados ingleses que se pasean en calzones por las calles de Antequera.

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