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Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Basta observar la reciente evolución de los sistemas de partidos europeos para constatar que todos, aunque con intensidad diversa, viven un fenómeno común: que los dos o tres grandes partidos que en cada país han sostenido la democracia pierden espacio a favor de opciones extremas, de izquierdas o derechas, marcadamente populistas, que ofrecen acabar con lo existente a cambio de construir no se sabe muy bien qué: el UKIP en el Reino Unido, el Front National en Francia, la Siryza en Grecia o Podemos en España no agotan el catálogo, pero ejemplifican bien ese proceso.

La principal responsabilidad del que podría ser un cambio histórico le corresponde, claro, a los propios partidos que, llegado el caso, resultarían sus paganos. Y es que esos partidos, que se han alternado en el Gobierno y la oposición durante años, han llegado a convertirse, hasta extremos inaceptables para una sociedad bien informada, en máquinas burocráticas, dominadas por un autismo social que hace verosímil el discurso populista que los convierte en culpables de todos los males de este mundo.

Frente a esos males, reales o supuestos, los populismos radicales se ofrecen a darle al pueblo todo lo que pide, fórmula mágica que resultaría genial, de no ser por un inconveniente: que el pueblo no existe como tal. No, el pueblo es una abstracción de la teoría democrática bajo la que se esconden en realidad multitud de intereses contrapuestos que el sistema político debe jerarquizar para evitar el caos que supondría el irresponsable intento de atenderlos todos a la vez.

Frente a ese sueño de la razón, que ha producido muchos de los monstruos de la historia, los partidos que hoy criticamos con razón han logrado, sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial lo que, antes de ella, parecía una quimera: estabilizar las democracias reduciendo el pluripartidismo ingobernable, construir Estados de bienestar antes inexistentes, impulsar una unidad europea que hoy supone un gran patrimonio económico y político, y asentar una paz duradera tras dos conflictos mundiales que, iniciados en Europa, dejaron docenas de millones de muertos y una devastación aterradora.

Esos logros, que los populismos radicales niegan o creen caídos del cielo, son el resultado del esfuerzo de sociedades que han liderado los partidos de los que hoy tantos se avergüenzan. No seré yo quien les quite la inmensa responsabilidad que tienen en su descrédito actual. Solo a ellos les corresponde superarlos para salir del agujero negro en el que están. Nuestra responsabilidad es diferente: elegir entre quienes saben que gobernar es jerarquizar necesidades y quienes proclaman, como si fuéramos todos idiotas, que ellos van a hacerlo como Dios, convencidos de que es suficiente con decir: «hágase la luz» para que la luz se haga. De usted depende.