V ivimos tiempos digitales, virtuales y evanescentes. Casi líquidos (o sin el casi), como denuncia algún pensador. En esta sociedad en la que todo vale menos el esfuerzo se ha puesto de moda un tipo de actuación muy antigua. Se trata de echar la culpa. La culpa siempre es del otro. O de los otros. Nadie asume su (ir)responsabilidad. Y así reinan las cuentas de la lechera. Lo hacen los políticos que aspiran a gobernar y los que gobiernan. Lo hacen los equipos de fútbol. Todo tipo de organizaciones. Es el método más fácil. Es el rechazo a una cultura del esfuerzo y del valor que ya solo tiene precio. No hay mejor consejo para combatir esta manera de huir o no querer ver los errores que recordar la teoría de la pista de atletismo. La teoría de la pista de atletismo dice que en esta vida cada uno va por una calle y que la manera de estar bien con uno mismo es preocuparnos de correr nuestra carrera, no las de los demás. Da igual cómo vayan los demás por sus calles. El éxito está garantizado si tú te aplicas a tope a hacer tus deberes. Y, ganes o pierdas, la sensación que tendrás es de gusto y satisfacción. Echarle la culpa a los demás no sirve de nada. Es una pérdida de tiempo. Y sobre todo una falta de asunción de lo que cada uno tiene que hacer para que un trabajo en equipo merezca ese nombre.