El impulso político se llama Alonso


Se veía venir. Al final del debate sobre corrupción, Mariano Rajoy hizo un elogio insólito en él: el discurso del portavoz del PP en el Congreso le había parecido «muy brillante». Ese testimonio de afecto y consideración hacia Alfonso Alonso fue el prólogo del gran premio: una semana después, lo nombró ministro; ministro de Sanidad, la inesperada vacante que se produjo por un oportunísimo auto judicial que condenó a Ana Mato al exilio del Gobierno. Crisis cerrada, y a otra cosa. Rajoy premia la lealtad. Siempre he pensado que el trabajo más difícil es el del portavoz parlamentario del partido gobernante, porque tiene que justificar lo injustificable y arremeter contra otros líderes con los cuales está negociando acuerdos y proyectos de ley. Alfonso Alonso lo hizo con tanta eficacia, que ganó una cartera ministerial.

Dicen que el nuevo ministro culmina así una aspiración que siempre tuvo. Se asegura que ya cuando era alcalde de Vitoria le decían: «llegarás a ministro, Alfonso». Y se ha cumplido el vaticinio. Pero esos son detalles menores. Lo importante a efectos políticos es que Rajoy se encontraba ante dos dilemas. Uno, aprovechar la caída de Mato para una remodelación amplia que le diera un nuevo impulso ante las elecciones, o hacer un cierre rápido de la crisis, como hizo con Arias Cañete o Ruiz Gallardón. Otro, optar por una solución técnica y continuista, o dar un golpe de timón.

Ante el primer dilema, el mismo Rajoy lo confesó en París: está muy contento con su equipo, y la necesidad de nuevo impulso es un ansia de la prensa, no suya. Hay un algo en Rajoy que le lleva al orgullo de llegar al final de la legislatura presumiendo de que acertó en sus ministros y solo cambió los que tuvo que cambiar por causa mayor. Ante el segundo, no tiene norma fija: optó por la continuidad en Agricultura, buscó un técnico marianista para Justicia y renunció al continuismo en Sanidad. Ni Pilar Farjas, ni Susana Camarero, ni Ignacio Echániz, preferidos por los rumores de la lógica, entraban en la quiniela de Rajoy.

Y es que el presidente optó por la solución política. Para Sanidad no quiere un experto en sanidad, aunque las especialidades de Alfonso Alonso sean enciclopédicas. Quiere un político puro. La consigna podría ser: no más técnicos, políticos al poder. Rajoy quiere un personaje que se distinga por su categoría política, por su capacidad dialéctica, por su indiscutible militancia, por su inquietud social y por su trabajado liderazgo en el grupo parlamentario. Alfonso Alonso es, pues, el impulso político que pide la opinión pública. Y desde Sanidad no viene a curar al país. Viene a aportar su nombre y su empuje a la curación del Gobierno y del Partido Popular.

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