Ayer se encendió en Madrid el alumbrado navideño. Un año más, la Navidad ha comenzado en el mes de noviembre. París, Londres o Berlín ya iluminaban la noche desde hace varias semanas, y los mercadillos navideños se instalaron en las principales plazas de las ciudades europeas. Estos días, este largo mes que concluye en España el día de Reyes, las luminarias de la noche sustituyen a los ángeles que en las viejas ilustraciones, en las postales de pascua, anunciaban la gloria a Dios en las alturas mientras deseaban la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.
Las noches son de colores y tras la lluvia, entre la nieve, el neón, las nuevas luces led hacen guiños a quien pasea, a los que caminan, a los que se miran en los escaparates, a los compradores de regalos, archiveros de la fantasía y a los coleccionistas de sueños.
Hace ya muchos días que san Nicolás llegó a Holanda. Venía de España y trae naranjas a los niños y mayores de los Países Bajos, mientras en Rovaniemi y en Kiruna, papá Noel, Santa, como le llaman en el mundo anglosajón, engrasa las palas de los trineos y reúne en un aprisco a los renos conductores.
Llega por todo los lados el espíritu ternurista de la Navidad, que inunda de ternura y buenismo todas las ciudades del Occidente cristiano.
Quizás nadie se acuerde que un día 24 de diciembre nació Jesús. Fue en Belén, donde ya no se firman tratados de paz y con demasiada frecuencia cíclica surcan su cielo los cohetes, los misiles palestinos de la guerrilla. Ya es Navidad en esta parte del mundo, mientras miles de voluntarios recogen donaciones al pie de supermercados y tiendas de alimentación para que el Banco de Alimentos de España alcance veinte millones de toneladas de comida para que el jinete del apocalipsis no cabalgue con su carro de hambre por los hogares españoles.
La Navidad es un largo relato lleno de frío helador para quien no tiene recursos, para quien lleva largo tiempo en el paro, para quien no puede escribir una carta a los Reyes Magos con acuse de recibo, pidiendo para sus hijos los juguetes que salen en los anuncios de la tele.
Se han encendido las luces de la Navidad, la ciudad se engalana, la magia colorista se refleja en el asfalto mojado. Un sin techo, que se dispone a dormir en su lecho de cajas de cartón junto a un cajero de un banco, sonríe al descubrir que la Navidad es solo un anuncio prolongado que llega con el frío del invierno. Fuera llueve.