Tanto preocuparnos de las debilitadas siglas UE que dejamos de lado las de EI, ese Ejército Islámico que ya es una pesadilla. Tomamos unos churros y nos desesperamos con los recortes y solo fijamos la mirada en el EI cuando decapitan a otro occidental como nosotros. Pero ¿qué es el EI? Unos linces en propaganda. Una amenaza real para millones de personas. El EI es el Daesh (al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham). Y Daesh, acrónimo árabe, es el nombre de guerra del califato que fue proclamado el 29 de junio. Otra fecha negra. Se centran en controlar, según los expertos, un territorio, un emirato en el que aplicar su rigor en las normas de vida y proyectar el sueño de su futuro califato. Quieren que ese territorio funcione como un imán para los desencantados del materialismo occidental. Venden pureza. Pureza extrema. Ya el nobel Naipaul escribió que no se puede mirar hacia otro lado cuando hay 1.500 millones de seguidores de Mahoma en el mundo. Y el riesgo del extremismo no está allí. Está aquí, pared con pared en un piso de Londres o de Madrid. Daesh son como la versión 2.1 de Al Qaida, a la que le están ganando la franquicia yihadista. Su líder, Al Bagdadi, tiene hoy por hoy más tirón que un decaído Al Zawahiri (nada en Al Qaida fue lo mismo tras Osama). Movilizan entre 30.000 y 50.000 soldados. Y controlan la tercera parte de Siria y la cuarta parte de Irak. Bajo su turbante, seis millones de personas. Daesh ha hecho que Estados Unidos abriese los ojos. Y formase esa extraña coalición de 62 países. Pero con misiles y drones no se arregla todo.