Checkpoint Charlie


Volaron los globos blancos mientras Barenboim lanzaba también hacia el cielo de Berlín los acordes del Himno a la alegría. Cayeron las bodas de plata del Muro. La flecha del tiempo. Pero la historia no se murió, como decía Fukuyama en su esquela. Él creía que, muerta la alternativa, no había lucha posible entre modelos. Reinaría la democracia de mercado, y adiós al choque de bloques, de icebergs. Falló. Esa palabra horrible de geoestrategia está hoy más viva que nunca. La putincracia de Rusia, el gigante chino, el islam que estrena ejército, el halcón debilitado de Estados Unidos y hasta la anémica Europa siguen ahí liándolo todo, liándose y, a veces, hasta aliándose. No hay fin de la historia. Hay partido, por desgracia, con más guerras que nunca. O con guerras, como siempre. Ucrania, Irak, Siria... Los humanos tenemos sed de límites y, cuando la caseta blanca del Checkpoint Charlie, año 1989, se convirtió en un museo, soñamos con que se habían terminado los pulsos. Creyeron algunos que, como ya no habría exiliados desangrándose en ese lugar ante la impotencia de los guardias, estaba todo liquidado. Adiós a más besos de la muerte entre Breznev (qué cejas) y Honecker que pintó Vrúbel en el pedazo de muro que se mantiene en pie y que sirve para los selfies con móvil de los turistas. Siempre pensamos que hay límites, que la historia, los enfrentamientos acaban, y la nariz nos crece con esa mentira. No sucedió en el 18, ni en el crac del 29, ni en armisticio del 45, ni en las playas debajo de los adoquines del 68, ni en el 89 del Muro, ni en el 11-S de las torres caídas... Queda mucha sangre que contar.

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