Hay algo que recuerda la operación derribo de Rajoy del año 2009: esa especie de campaña del mundo más conservador para acusarle de pusilánime ante los grandes problemas que aquejan al país. Confluyen varios sectores en esa crítica: el PP de Cataluña, que asegura haberse encontrado solo y desprotegido en la jornada del 9 de noviembre; alguna plataforma cívica, como Libres e Iguales, que acusa al Estado y, en consecuencia, al Gobierno de desaparición en la misma fecha; medios informativos de Madrid, que quisieran ver al Ejecutivo a la cabeza de los guardias requisando urnas y presentando querellas contra todo funcionario que se haya movido este domingo; el partido político Vox, que presenta una demanda contra Rajoy por abandono de competencias, y todas las voces que entienden que el Gobierno está acobardado ante la gravedad de los acontecimientos.
Al fondo de todo esto hay una verdad parcial: si el Estado prohíbe algo, ha de tener autoridad para imponer la prohibición. Sin embargo, falta una consideración fundamental: el factor prudencia. Asusta más esa tendencia a la política de garrotazo que la supuesta quiebra de autoridad. Y asusta por una razón: quien propugna una política de garrotazos acabará elevando el garrotazo a la categoría de acción política. Ante situaciones de tensión como las actuales, prefiero un gobernante que peque de excesos de cautela que un precipitado movido por impulsos. Por tanto, prefiero a Rajoy y la actitud de Rajoy, con todas sus indecisiones, pero con toda su prudencia, que estos arrebatos patrióticos con su tic autoritario. ¿Hubiera resuelto algo la retirada de las urnas? ¿Seríamos hoy un país más tranquilo si se hubiera detenido a Artur Mas, como propuso un partido político?
Pero no reduzcamos el debate a la ya tediosa cuestión catalana. Importa el fondo. Importa esa corriente de opinión partidaria de la estaca que asoma por todas partes: en los nacionalismos de rostro más excluyente, aunque lo oculten bajo una apariencia festiva; en la nueva extrema izquierda, que niega el consenso constituyente; en el clima fomentado por la corrupción, que pide cárcel para todos, aunque sea sin juicio; en el mundo más conservador, otra vez inclinado a cargarse la moderación?
A la vista de ese panorama, yo me quedo con Rajoy. De sus actitudes de los últimos días solo le critico la indulgencia con Monago. Y solo le pido una cosa: que abandere de verdad la moderación; que sepa liderar la España de la concordia. Y para hacerlo necesita lo más sencillo: hablarle un poco más a este país; explicarle por qué actúa así. En sus silencios es donde crece su fama de abulia y pasividad. Y en ambas, la explotación interesada de una imagen de debilidad.