¿Qué ha fallado? No ha sido por falta de normas y de organismos supervisores, ni mucho menos. Han fallado las convicciones, el compromiso y la coherencia. En los últimos 30 años se ha ridiculizado hasta lo indecible la ética y la virtud. Se decía que una sociedad laica y democrática no podía proponer valores morales. No hemos creído, ni creemos a día de hoy, que la ética sea un producto de primera necesidad. Además, creímos que a la política podía ir cualquiera, que no era cosa de seleccionar a los mejores porque esto último era clasista. Finalmente, se predicó una cosa y se hicieron otras bien distintas. La ejemplaridad no importó nada. Ahora contemplamos estupefactos -con bastante hipocresía, todo hay que decirlo- cómo aparecen tramas de políticos y empresarios corruptos, como telas de araña en las que todos quedaron prendidos (por la propia cuenta corriente, por la de la familia, por el partido, o por todo a la vez).
La política debe estar al servicio del bien común. Ya Aristóteles la concibió como una derivación de la ética (¿cuántos de nuestros políticos han leído a Aristóteles?). Cualquier persona sensata sabe que es mucho mejor vivir en una sociedad justa y pacífica que vivir en una sociedad en la que reine la discordia provocada por la desigualdad y la injusticia; mejor habitar un mundo que funcione con el aceite de la cooperación y de la moral que con el vinagre del conflicto, el vicio y el resentimiento. Lo inteligente es jugar esos juegos en los que todos ganan, y no esos otros en los que unos ganan cada vez más y otros caen en el pozo sin fondo de la más absoluta de las miserias.