Han pasado siete días desde el castañazo de Obama, en el martes del medio, en traducción rápida. Las elecciones a mitad del mandato presidencial certificaron que el presidente pato cojo (así le llaman allí al presidente que está en su segundo mandato, que es el de despedida segura de la Casa Blanca) se desangrará en un ocaso de dos años. Los republicanos se dispararon y no hubo ni incertidumbre con las mayorías. Es una agonía, y punto. El panorama es desolador. No se sabe dónde hace más frío entre los líderes occidentales. ¿Será que las generaciones degeneran? Si uno intenta levantar la cabeza y huir del patio de monipodio o de comadres nacional, se encuentra que hasta el jefe del imperio está en declive. Pero es que los otros presidentes no aprueban ni copiando. Cameron no quiere pagar lo que le debe a Europa. Está en Europa sin estar, con el bolsillo lleno de libras, a su aire. Pero no me extraña, viendo lo que hay al otro lado del Canal. Hollande, otro jefe de Estado en caída libre. Ya no le queda ni la palabra para empeñar, aunque dice que si el paro no mejora en Francia (está en el 10 %, no en el 26 % como aquí) se marcha. Si intentamos mirar hacia Roma, vemos que Renzi un día es de derechas y otro de izquierdas, aunque cada vez tiene más días de derechas. ¿Qué nos queda? Ángela Merkel, que está como desaparecida, invernando. Dicen que sin cabeza, no hay rumbo. Los gallegos tenemos la expresión adecuada: en Occidente nos están gobernando ao chou.