La España de hoy y el Rolls de Elvis Presley


A mediados de los sesenta, cuando alcanzaba la cima de su gloria, el mítico Elvis Presley adornó su imagen de éxito comprándose un impresionante Rolls Royce Phantom de color blanco. Y dice la historia que un día la radio del coche dejó de funcionar, y que Elvis, ni corto ni perezoso, cambió de Rolls. La solución, no cabe duda, fue eficaz y rápida, porque Elvis volvió a conectar con los discos dedicados, que entonces eran el formato de moda. Pero la gestión fue absolutamente ineficiente, ya que se hizo con un coste astronómico y con un evidente desprecio de las cuitas y desgracias de una sociedad tan desigual, y en uno de los extremos tan empobrecida, como la norteamericana. Y eso es tanto como decir que Elvis marró de lleno en el gobierno de su hacienda, y que, lejos de ser un ejemplo de lo que se debe hacer, lo es de lo que nunca debería suceder.

Y ahora viene la parábola. España es un país bastante bueno y feliz, que, si no va como un Rolls, va al menos como un utilitario medio, de estos de ahora, a los que les sobra fiabilidad, potencia y confort. Y, aunque es cierto que la radio está llena de desagradables ruidos -provenientes de la corrupción, la devaluación interior, el paro y los recortes-, me parece un exceso, una injusticia y una flagrante ineficiencia cambiar de sistema, lo que en mi parábola es equivalente al cambio de coche que hizo el cantante de Memphis. Lo más lógico sería diagnosticar los males concretos de nuestro tiempo, sustituir algunas piezas, y seguir el precioso viaje que estamos haciendo desde hace cuatro décadas. Pero mucho me temo que, en este afán de renovación propio de nuevos ricos y nuevos demócratas, hay cada vez más gente que apuesta por cambiar de Rolls, sin poner mientes en el impresionante coste humano, económico y político que puede tener la operación.

Lo que mola hoy día es decir que estamos sumergidos en un tanque de purín y que hay que escapar cuanto antes. Y la consecuencia de esa manera de razonar es que necesitamos convertir en un asqueroso fracaso al mismo sistema que nos permitió hacer la transición, asentar la democracia, descentralizar el país, entrar en Europa, superar el terrorismo, gobernarnos con estabilidad envidiable, salir casi incólumes de varias crisis, multiplicar por seis el nivel de renta, generalizar servicios modernos, y convertirnos en uno de los países más atractivos del mundo. Y todo para improvisar un nuevo sistema, de etiología casi desconocida, que ya se anuncia con visos de inestabilidad política, caos económico e inviabilidad del modelo sobre el que estamos instalados.

Por eso estoy en contra de esta precipitación y esta locura que nos ha entrado para vender el viejo Rolls y comprar otro. Porque esta vez me parece, en contra de mi costumbre, que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer.

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