Podemos: una cosa es protestar y otra dirigir


Pablo Iglesias lo resume gráficamente: «Después de las elecciones generales, Pedro Sánchez tendrá que elegir entre hacer presidente a Rajoy o a mí». Puede ser, pero quizás tenga que decidir él. Las corrientes subterráneas de la política advierten de que el PP se debilita pero resiste, Podemos se consolida e irá a más y el PSOE trata de refundarse de la mano de Pedro Sánchez con la bendición de sus dos grandes figuras históricas, Felipe González y Alfonso Guerra. Hace 40 años del Congreso de Suresnes y otra vez debe refundarse el PSOE. Sánchez está en eso, «con vocación de mayoría», advierte.

Entre tres anda el juego. Claro que hay otros partidos en España y muchos más en las autonomías y en las ciudades. Pero Izquierda Unida ha visto su crecimiento menguado por la irrupción de Podemos, y Rosa Díez jugó a hacer de antipartido y le han salido otros que lo hacen mejor. Solo el nacionalismo rompe ese esquema y se consolida como la corriente dominante, compitiendo con socialistas y populares, en Cataluña y el País Vasco, con tendencia a la baja en Galicia.

El fenómeno Podemos se basa en tres elementos clave: el airado malestar social por la crisis y la corrupción; el apoyo decidido de algunas cadenas de televisión, especialmente La Sexta, y una eficaz utilización de las redes sociales. No se sabe si eso bastará para alcanzar el poder, pero en Costa Rica esta primavera ganó la Presidencia Luis Felipe Solís, un profesor de Historia Política, con ese esquema: debates en televisión, redes sociales, cercanía y hartazgo del bipartidismo corrupto.

La actualidad diaria suministra a Podemos munición abundante: las tarjetas de Caja Madrid y Bankia han ofrecido una lista de beneficiarios de toda ideología, Izquierda Unida incluida, más sindicatos y patronal. Y llegará en días la ración de indignación gestada en Catalunya Caixa y Novacaixagalicia. Para cuando eso decaiga, Juan Carlos Monedero, según nos adelantó personalmente esta semana, tiene en la recámara la insultante indemnización a la empresa de Florentino Pérez por haberle suspendido las extracciones de gas frente a las costa de Castellón. Un contrato con el Gobierno que sonroja.

Más micrófonos y cámaras gratis. Algunas televisiones privadas, movidas solo por el éxito de audiencia, promocionan a los líderes de Podemos por más que Alfonso Guerra les advierta de que «están alimentando el huevo de la serpiente porque, si llegan al poder, lo primero que harán es cerrarlas o nacionalizarlas», como sugieren en sus documentos internos.

Monedero recibe en la Facultad de Ciencias Políticas, en Madrid, en la que sigue dando clase. Admite sin inmutarse que trabajó seis años para Hugo Chávez y defiende su gestión. Iglesias vive esa vinculación con Venezuela con mayor incomodidad. Cuando a Monedero le replicamos que en Caracas falta papel higiénico, habla de los cuarenta y dos estudiantes mexicanos desaparecidos en el estado de Guerrero. Cuando a Pablo Iglesias se le pregunta por Pedro Sánchez, dice que estuvo en el consejo de Caja Madrid. Antonio Carmona, candidato socialista al Ayuntamiento de Madrid, le replica que miente y lo sabe, pero no se inmuta. Es más rentable así. Solo en la entrevista con Risto Mejide se le vio acorralado.

Con todo, la cuestión es si los votos de Podemos servirán para gobernar y, en ese caso, a saber qué sociedad crean. De momento, a las municipales no van para no manchar la marca y se disolverán en coaliciones como Ganemos. El márketing tan brillante que exhiben no quiere bajar a tierra. Esa es la baza de Pedro Sánchez, porque «protestar no es gobernar». Y mirando a Rajoy, y parafraseando a Miguel Ángel Aguilar, «gobernar no es registrar». Esto era cosa de dos y parece que serán tres.

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