Historias de loros

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Nigel era, es, un loro listo, parlanchín y viajero, cosmopolita y caprichoso. Un pájaro africano de color gris y cabeza roja que vivía con su amo en California. Hablaba un perfecto inglés con acento británico aprendido de su dueño. Un día desapareció y al cabo de cuatro años fue encontrado por una veterinaria en una tienda de mascotas, pero esta vez Nigel hablaba en español haciendo alarde de un correcto castellano.

Recuperado por su propietario, el pájaro políglota recuperó su idioma anterior, una noticia amable de la que dieron cuenta los diarios esta misma semana, y de la que me hago eco volviendo a recuperar historias de loros que tenía archivadas en algún lugar del desván de la memoria.

Desde mi loro favorito, cuando en mi juventud leí por vez primera La isla del tesoro, y se quedó grabada en mi retina -era una edición ilustrada- la cacatúa que llevaba posada sobre sus hombros John Silver y que respondía al nombre de Capitán Flint, hasta el entrañable papagayo gallego parlante Ravachol, uno de los iconos contemporáneos de Pontevedra, que desde la farmacia de la calle Oliva, en la plaza de la Peregrina, acompañó durante una veintena de años al boticario Feijoo. Era lenguaraz, dicharachero y mal hablado, se llamó como el anarquista francés ajusticiado en la guillotina. Ravachol desde su jaula avisaba al farmacéutico anunciando «xente na tenda» y cuando los rapaces lo molestaban en los días soleados de abril y mayo, el loro los amenazaba gritando: «Si collo a vara?». Murió, según dicen, de una indigestión de bizcochos mojados en vino.

Me contaron una historia de un papagayo que silbaba el himno de Riego y profería gritos de «¡Viva la República!» en los primeros años del franquismo. También de cuando en cuando no se callaba y jaleaba a Líster y al quinto regimiento. Un 18 de julio la autoridad pertinente lo confiscó por subversivo y desapareció. Me aseguraron que fue oportunamente ajusticiado.

Vi un otoño en As San Lucas mindonienses un lorito real que silbaba la Alborada de Veiga y era la atracción y el asombro de los paisanos que asistían a la más antigua de las ferias «do gando cabalar» de Occidente. Otro año, un loro viejo, casi centenario, guardaba la jaula de los jilgueros de la suerte del pájaro que elegían, escogiendo con el pico el pequeño sobre de venturas o desventuras para todo el año.

Colás da Fonte, afamado menciñeiro, sentenció al verlo: «O pobre é sordo e mudo, e de velliño que é xa ve moi pouco». Cosas de loros.