Del ébola y de otros riesgos de la salud

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

09 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Una fatal cadena de errores ha propiciado el desembarco del ébola en Europa. El virus está ahí porque fallaron los controles del sistema. Pero ese elemental diagnóstico, que viene a recordarnos que no existe el riesgo cero, no nos consuela. Al contrario: acojona. Si cosemos más fino, utilizando la delgada aguja de la información disponible, descubrimos dos tipos de fallos. El primero, atribuible a protocolos inadecuados o a la negligencia del personal sanitario -o a ambas cosas-, causó el contagio. Los segundos, registrados durante el deambular de Teresa Romero por hospitales y ambulatorios como alma en pena, retrasaron el tratamiento de la enferma, pusieron en peligro la vida de sus allegados y evidencian el deterioro de la sanidad pública. El primer fallo atemoriza, los fallos posteriores provocan perplejidad e indignación.

La auxiliar de enfermería pertenecía al primer grupo de riesgo, el integrado por todos los profesionales que combaten las enfermedades infecciosas. Quienes velaron a los misioneros repatriados corrían el riesgo de ser contagiados, pese a sus escafandras y trajes de astronauta, pero eso no exime de comprobar si fueron adoptadas las cautelas pertinentes. Y les apuesto doble contra sencillo a que, en la versión oficial, el fallo será achacado a una imprudencia de la auxiliar. Como en Angrois, la culpa recaerá en exclusiva sobre el maquinista del tren. Ya lo verán.

Pero lo que realmente solivianta el ánimo son los despropósitos posteriores. Las reiteradas llamadas de Teresa al hospital sin que nadie la tomase en serio. A raíz de la primera, la remiten al ambulatorio y allí le recetan paracetamol. A la segunda -¡qué pesada esta mujer!- le aconsejan que continúe tomándose la temperatura dos veces al día. A la tercera, seis días después, ya patente la macabra danza del ébola, la trasladan en una ambulancia convencional a un hospital inapropiado. Y aún después de confirmado el diagnóstico, otras seis horas de espera hasta que los protocolos, por fin, se ponen en marcha.

Teresa Romero no pertenecía, a priori, al grupo en riesgo de desatención sanitaria. Por haber estado en contacto con infectados, su llamada de auxilio debería haber disparado todas las alarmas. Visto lo visto, si en vez de ella, con sus antecedentes, quien lanza el SOS somos usted o yo -cualquier usuario del sistema-, aún estaríamos esperando cita con el especialista el año que viene. O en la tumba.

Los fallos, en la medicina, en la Justicia o en el periodismo, son inevitables. Pero cuando se encadenan en una secuencia ascendente, habrá que pensar en alguna falla del sistema. Habrá que dilucidar, por ejemplo, si están correlacionados con los recortes, el progresivo desmantelamiento y la privatización de la sanidad pública. Seguimos presumiendo de sistema de salud, pero olvidamos que, a este paso, pronto dejaremos de conjugar el verbo en presente. Acabaremos por decir «teníamos» donde ahora decimos «tenemos». Rajoy, en su afán por escurrir el bulto, nos pide que confiemos en los profesionales de la sanidad. Pero el subterfugio no cuela, señor presidente: de quien desconfiamos no es del médico ni de la enfermera, sino de usted y de su ministra. Quede claro.