Gallardamsés y otros siervos


Mira que lo que le ha pasado al pobre Gallardamsés -el faraón madrileño-, el eterno aspirante al trono. Miren lo que opinaba Beaumarchais al respecto de estos asuntos: «Fingir que se ignora lo que se sabe; fingir que se entiende lo que no se comprende y no oír lo que se escucha; fingir que se puede más de lo que alcanzan las propias fuerzas; ocultar como un gran secreto lo que no importa esconder; parecer profundo cuando se es vacío; pasar por un personaje a cualquier precio; rodearse de espías y pagar traidores; procurar ennoblecer la pobreza de los medios con la importancia de los fines: He ahí lo que es la política».

Los hombres y mujeres que alcanzan un puesto elevado son tres veces siervos: siervos del jefe, siervos de los media y siervos de los tejemanejes que hay por ahí arriba. Al pobre Gallardamsés le han sometido sus amos -que son los amos de todos- a los que no pudo abatir. No contaba con que en esos mundos de arriba, a lo sumo que se llega es al «quítate tú que me pongo yo» y nunca al «por ahí no paso». Quiso robar el fuego a los dioses y acabó abrasándose. Pobre Gallardamsés.

Lo hizo todo bien, cumplió a rajatabla el guion que le entregaron los amos -ley incluida-sacó la oposición, cuidó su imagen y se dio a conocer hasta que se topó de bruces con él o la que dicta el guion y le espetaron el «eso es todo amigo». Por su culpa, por ser tan aplicado, por ser tan listo y resabidillo y por ser tan esclavo.

Y de igual manera me estremezco viendo al hijo pequeño de Carmina Ordóñez sollozando en la tele mientras desvela al mundo su drama personal, dando lástima y blandiendo su personaje: «He pensado en quitarme la vida... No superé lo de mi madre...». Que pena. Otro esclavo de su destino. Cuando la identidad se confunde con el personaje, cuando la mano es el títere y no la que lo sostiene, ocurren estas cosas que dice que le han ocurrido a los buenos muchachos que estaban obligados a ser Julián y Gallardón desde pequeñitos.

Un muchacho alumbrado como un híbrido entre un armario ropero y Espinete, que solo puede aspirar a ser el hijo blandito de Carmina Ordóñez no lo tiene fácil, era esperable que acabara siendo carne de reality show.

La tele es la caravana de los monstruos contemporánea, la pasarela por dónde desfilan nuestros monstruitos domésticos. Aparece Julian Contreras, aparece Pujol, aparece Gallardamsés, aparece Fabra, aparece Urdangarin, aparece la Pantoja... Aparecen tantos que uno no sabe ya que pensar. Únicamente apagar la tele.

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