Y este cuento se acabó

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

El presidente de la Generalitat, representante ordinario del Estado en Cataluña, según dispone una Constitución que él, como todos los españoles, está obligado a respetar y a la que en su toma de posesión prometió fidelidad, consumó ayer la más grave violación que es posible imaginar, tanto de la palabra dada, como del orden jurídico y político en que se basa el poder que Mas ha ejercido desde que en 2010 asumió el cargo que ahora ocupa. Lo que ocurrió ayer -la convocatoria de un referendo manifiestamente ilegal para la autodeterminación de Cataluña- constituye no solo el acto más inadmisible de insubordinación que una autoridad pública ha protagonizado en España desde 1978, sino también un hecho insólito en cualquiera de las democracias existentes en el mundo. Y es que, ni buscando con lupa, cabe encontrar en ninguna de ellas, durante el último medio siglo, una decisión que de un modo tan burdo y con tal desprecio de la ley, haya puesto patas arriba el pacto de lealtad constitucional sin el que ningún régimen civilizado puede funcionar.

Es así como, tras un año y medio de constantes falsedades, exageraciones interesadas y manipulaciones escandalosas de la opinión pública de dentro y fuera de Cataluña, el viaje de Mas hacia el abismo ha llegado a su final: porque este cuento -el del referendo llamado consulta y el de la autodeterminación denominada derecho a decidir- ya se acabó.

El Gobierno, en cumplimiento estricto de sus obligaciones, procederá a la impugnación de la convocatoria de Mas, que quedará automáticamente suspendida en cuanto el TCE la admita a trámite. Mas sabía, como lo sabían todos los juristas a soldada que, comportándose como unos auténticos mercenarios, le han dado la razón, cual iba a ser el final de su aventura: su gozo en un pozo, a costa de una fractura terrible de la sociedad catalana y de un enfrentamiento abierto entre una parte de aquella y el resto de España. De todo ello solo son culpables Mas y quienes le han seguido en su aventurerismo irresponsable y desleal. ¡Nada de choque de trenes!, ¡nada de separadores y separatistas!, ¡nada de dos partes iguales que se han negado a negociar! El pantano de conflicto y frustración en el que se hunde la política catalana y la propia Cataluña ha de ser puesto únicamente en el debe de quienes la han metido en un conflicto insoportable que solo podía acabar como ha acabado.

Ahora le tocará a millones de catalanes decidir si seguirán atados de píes y manos a quienes han dirigido e impulsado este fiasco formidable o si romperán de una vez con los políticos más egoístas, insensatos y desleales que han existido en España de 1978 para acá. En esa decisión Cataluña se juega su verdadera libertad, que no es otra que el mantenimiento de su pluralidad ideológica, lingüística y política.