De nuevo el dilema entre salud y dinero. La comercialización de un fármaco contra la hepatitis C, una enfermedad que sigue matando, tendría que haber sido un alivio para las personas que la padecen (se estima que unas 50.000 en Galicia) si no fuera porque un ciclo completo de tratamiento cuesta 60.000 euros. Diez millones de pesetas. Después de un tiempo de titubeos, al fin, Sanidad anunció que ese disparatado coste será asumido por el sistema de financiación pública.
Con todo, el dilema persiste. Pocas cosas puede haber más crueles para un enfermo que saber que existe un remedio para su mal pero que un precio prohibitivo lo condena, quizás, a la muerte. Tal vez se le parezca la imposibilidad para muchos millones de personas de acceder a un recurso natural e imprescindible para la vida como el agua. La idea de que todos nacemos iguales es falaz, pero lo es mucho más que lo seamos ante la muerte. Con esfuerzo, la Administración española (todos nosotros) puede afrontar el coste del fármaco y ahorrarle la angustia a muchos enfermos. Para los ciudadanos de otros lugares del mundo sigue siendo la quimera.
La industria farmacéutica, de las más potentes e influyentes del mundo, tiene que hacer inversiones multimillonarias, difíciles y prolongadas antes de poner en el mercado los remedios. Por eso las patentes gozan de un período de 20 años de exclusividad. Aunque si se desbroza un poco más se encuentran datos como el siguiente: Pfizer invierte 7.500 millones de dólares (no todo en investigación, mucho en promoción y comercialización) y gana 46.000 millones. Son muchas las dudas sobre un modelo en el que lo que está en juego es la salud de las personas.