Y la vida sigue igual


Es indiscutible que la de la Diada ha sido una de las mayores movilizaciones ciudadanas de la España democrática. Nada sorprendente, porque era lo previsto. Después de todo ya había sucedido en las ediciones precedentes. Eso significa que la demanda de la consulta no es flor de un día, que es una corriente de fondo, asentada y de gran fuerza en Cataluña. Por eso, lo llamativo es que ayer todo siguiera igual, como si nada hubiera pasado. El Gobierno, atrincherado tras la ley; Artur Mas, alimentando la ilusión de una votación que sabe que no se va a realizar. Es lo trágico de un problema ya suficientemente grave. Porque el inmovilismo de unos y la tozuda irresponsabilidad de otros no hacen sino engordar la bola de nieve, con el riesgo de que se llegue a un punto de no retorno en el que la solución se haga imposible o a un altísimo coste, económico, político y, sobre todo, social.

Es cierto que en la consulta hay una cuestión de legalidad, pero no solo. En el fondo subyace una cuestión política, y mientras no se afronte este debate no habrá arreglo posible. El caso catalán es solo un caso particular, con las especificidades que correspondan, de un problema más general, que es el del reajuste del Estado de las autonomías. Es necesario precisar mejor el reparto de competencias; replantearse y clarificar el sistema de financiación, para que esta sea justa, equitativa, suficiente y adecuada a los servicios que presta cada administración; y consensuar una cultura de colaboración y respeto entre los distintos poderes.

Pero nada se puede hacer fuera de la legalidad. Ni siquiera el apoyo de una hipotética mayoría, si fuera el caso, justifica ni da legitimidad a la ruptura de la ley. Porque al margen de ella no hay democracia posible ni es viable una sociedad, digan lo que digan quienes hablan de desobediencia civil.

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