De un tiempo, de un país


Para los catalanes de ciudadanía o nación, que de ambos hay, el miércoles 10 de septiembre es como si fuera viernes. Este podría ser un tuit previo a la Diada. También se celebran este 11 de septiembre, instituido como fiesta nacional de Cataluña, los trescientos años de la caída de Barcelona, con la entrada en ella de las tropas borbónicas en la guerra de sucesión española frente a los Austrias. Y todo ello tiene cabida en la compleja sociedad catalana donde, entre otros, viven más de 77.000 gallegos de nacimiento junto con sus descendientes, ya nacidos en Cataluña.

Antón Costas, uno de esos más de setenta mil gallegos que viven en Cataluña, aboga por cambiar las reglas, no romperlas, para que el objetivo de la política sea lograr la convivencia y no cambiar la historia. Antón Costas y con él otros muchos ciudadanos catalanes, se muestran «preocupados».

El presidente Mas reivindicó un «vive y deja vivir», que el tenor Josep Carreras enunció como fuente de paz y prosperidad al recibir la medalla del parlamento de Cataluña, como el principio de la determinación de la sociedad catalana. Desconozco si para el presidente Mas ese principio debe aplicarse a las fechorías económicas del presidente Pujol y su familia, tal y como se ha venido haciendo a lo largo de estos años, y a la de tantos otros que en Cataluña y en España luchan con pasión y desprecio de la ley por emularlo.

Los soberanistas catalanes muestran especial querencia por reivindicar su misión a la altura de aquellos principios civiles defendidos por Martin Luther King. Nadie tiene por qué estar libre de trastornos delirantes, pero incomoda que hombres libres e iguales como Artur Mas y Oriol Junqueras, pretendan utilizar a un luchador por la erradicación de la segregación racial, la guerra y la pobreza que fue asesinado, para dotar su discurso y sus ideas -donde los ciudadanos cuentan poco- de una moral de legitimidad. No han llegado a citar a Mandela, pero todo se andará.

Sin embargo, no se encuentra en sus discursos y proclamas -carencia de humanidad- ninguna referencia a la pobreza que desborda, al paro crónico y al más desmedido paro juvenil, o a esa fórmula eufemística de calificar las condiciones de trabajo sin derechos como empleo flexible. Tampoco se les oye hablar del desmoronamiento de la educación, la sanidad y la dependencia, que empeoran o desaparecen porque quienes tenían que defenderlos, nosotros y los políticos que nos representan, o estamos sometidos o están entregados a otros intereses, como bien indica el listado de Transparency International del 2013, donde España ocupa el número 40, entre Polonia y Cabo Verde, en el ránking inverso de la corrupción, frente al 28 del año 2008. Lo que indica que no solo somos un país corrupto, también Cataluña, sino que avanzamos en ello. Mientras se dice, se habla, de regeneración. Y mucho de patrias. O de Martin Luther King, o de Mandela. ¿Se atreverán también con el obispo Pedro Casaldáliga?

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