Socorro

Carlos Agulló Leal
Carlos Agulló EL CHAFLÁN

OPINIÓN

No hace muchos años nos bañábamos en las playas ?también en las peligrosas y solitarias- sin socorristas ni banderas. Eran aquellos tiempos en los que, por ejemplo, a los alimentos no se les ponía fecha de caducidad. Ni se reciclaban las pilas del transistor. Ni se prohibía fumar en el autobús. Por no haber no había ni autonomías ni alcaldes elegidos ni la reforma fiscal de Fuentes Quintana. En algunas playas estaba, como mucho, alguien de la Cruz Roja con más voluntad que medios, o algún usuario con nociones de primeros auxilios que colocaba un flotador de corcho y una cuerda larga por si había que actuar. Lo que sí había eran muchos más muertos en el mar.

Hoy, incluso con los recortes más despiadados en algunos servicios públicos, a pocos ayuntamientos se les ha ocurrido suprimir de raíz el servicio de vigilancia y socorrismo en las playas. Es un signo, también este, de la modernización del país que tanto cambió desde los tiempos en los que se podía fumar en el autobús. En cierto modo, el aumento de la renta per cápita se puede medir en las playas.

Pero sí hubo recortes, reajustes y, en algunos casos, reducción del tiempo de presencia de los vigilantes. En muchas playas desaparecieron el mismo día que el anticiclón de las Azores y las corrientes cálidas del sur se juntaron para empujar a miles de personas al mar. Con un evidente riesgo que no se evapora con solo llamar a la obligada prudencia de los bañistas. Una circunstancia que obliga a dar otra vuelta de tuerca aún en tiempos de penuria: el servicio de socorrismo deberá acomodarse a un modelo administrativo más flexible y adaptado a los usos de la gente y los caprichos del tiempo. Y que Neptuno no nos abandone.