No hay criatura más imprevisible y sorprendente que el turista, ese ser que se entrega al mundo pertrechado con uno o varios instrumentos de foto grabación, que es gremial y aparatoso y que practica un exhibicionismo innegociable de chancleta y mariconera que permite al observador detectarlo a la primera aunque esté mezclado con los seres humanos. Lo más misterioso del turista es un código de comunicación secreto que le permite transmitir objetivos a sus congéneres, de forma que cuando uno detecta un destino, a los pocos segundos lo petan. Este verano han descubierto la ruta Pujol, un circuito por las mansiones del honorable que arranca en Queralbs, en el Pirineo gerundense e incluye hitos como la choza de Bolvir, apacible enclave en la misma zona geográfica; la dacha en la cima de Urús, en la Cerdaña; el casoplón de Latour-de-Caroul, ya en Francia, que concede al itinerario su carácter internacional y las no menos soberbias viviendas de la ronda del general Mitre, en Barcelona, y de la avenida Félix Millet, en Premiá de Dalt. El turista ha comprendido antes que los jueces que el meollo está en estas casas, que no son meros habitáculos para que la vida y sus cositas transcurran en ellas, porque en sus muros no habitan los Pujol y sus vástagos, si no las indecencias de la Cataluña de los últimos cuarenta años y las de la España misma. Por eso han abierto este camino de peregrinación y lo fotografían sin piedad, con un énfasis y una devoción que indican que la iniciativa puede ser histórica. Quizás asistimos al momento fundacional de la Ruta Pujolea y el turista es como aquellos bueyes que transportaban el cadáver del apóstol Santiago y al llegar al bosque Libredón se detuvieron y se lió la que se lió con el Pelegrín. Aquí el difunto se llama Jordi y el fervor pinta más a decepción por tantos años de mangancia y mamandurrias.