Esto no pasa en ninguna parte

OPINIÓN

España es el país del mundo en el que más se habla de política, y donde la crítica exasperada lo inunda todo: los medios de comunicación, las tabernas y chiringuitos, las fiestas, el futbol y los púlpitos de las iglesias. En este ambiente, la salida más lógica es la discrepancia, que en términos generales se resuelve en una algarabía de gritos incomprensible. Aunque hay una cosa -pésima, por supuesto- en la que todos estamos de acuerdo: que lo que pasa aquí «no pasa en ninguna parte».

¿Y qué es lo que no pasa en ninguna parte? Pues lo que suele pasar en todo el mundo civilizado una vez tamizado por el autodesprecio con el que nos tratamos. Todo aquello en lo que somos admirables, que es mucho, pasa desapercibido. Y todo lo que muestra cualquier imperfección -grande o pequeña, real o imaginada- integra la categoría abominable de lo que «solo pasa aquí». La corrupción, los líos de la monarquía, los aforamientos, la presencia de la Iglesia en la vida social, los desahucios judiciales, la comunicación a través del plasma, los recortes en los servicios, los conductores ciegos de droga, las prospecciones petrolíferas en el mar y las migraciones de los jóvenes, entre otros miles de cosas similares, «solo pasan aquí». Mientras Francia, Alemania y Estados Unidos son vistos como paraísos terrenales de los que hemos borrado todo lo que, en términos históricos o actuales, puede tiznar sus impolutas marcas país.

Aprovechando la inercia de esta frase, y al calor de las multitudes que inundan las Rías Baixas en el puente de la Asunción y San Roque -que España, como país laico que es, convierte en una acontecimiento festivo, religioso y familiar tan grande como la Navidad-, me atreví a comentar la actualidad española en una terraza de la playa al estilo tradicional. Y dije la pura verdad: España tiene todos los indicadores económicos en verde, es el país que más crece de la zona euro, lleva seis meses creando empleo neto, y todas las portadas de los periódicos están copadas por los atascos de la AP-9, que sugieren aglomeración playera y bienestar, y por los millonarios fichajes de la Liga española. Y, como el discurso me había salido tan bien, redondeé mi perorata con una socorrida frase: «Esto no pasa en ninguna parte».

Nunca tal hubiera dicho. Fue como incendiar la pandilla y montar un tsunami en la playa. Y no porque mis amigos quisiesen discutir la evidencia de lo dicho, sino porque piensan que es un sacrilegio utilizar ese improperio sagrado, que solo sirve para que nos autoflagelemos, para hablar bien del país, aunque lo dicho -asentían- se parezca a la verdad. Visto lo visto, y para completar el experimento, pedí un helado de cucurucho y tiré el envoltorio en la arena. Nadie fue a recogerlo, pero todos me lo reprocharon a coro: «esto que acabas de hacer no pasa en ninguna parte».