El que quiera apearse deberá hacerlo en marcha, porque el mundo no se detiene para que bajemos. Por mucho que al frescor de un relajante baño, de una sosegada lectura en una tumbona o de una refrescante cerveza en una terraza pensemos que el paraíso terrenal es posible. Porque mientras disfrutamos de ese sueño hecho realidad, mientras paladeamos ese anhelo acariciado durante un año de pesada espera, el mundo sigue su penoso discurrir. Mientras nos extasiamos en el dolce far niente, en Gaza, Irak, Liberia o Ucrania buscan algo de paz, una brizna de esperanza. Porque la realidad no se diluye con el hielo de un mojito. Y es que los israelíes siguen buscando un espacio en el mundo no sobre el derecho y la justicia, sino sobre la destrucción y la matanza de inocentes. Los fanáticos, -en Irak, Siria o donde sea- continúan en su sanguinaria cruzada para enterrar la libertad y a quienes aspiran a ejercerla. Porque lloramos el sacrificio del próximo, pero nos olvidamos de los miles que mueren de lo mismo en la distancia y les ponemos vallas para que no se acerquen. Porque buscamos refugio en mil y un personajes para reír, llorar, amar y soñar, pero no podemos evitar que quien lo hace posible, el hombre de la sonrisa triste, muera solo. Es bueno dejar espacio a la frivolidad en la vida, pero nada hay más fútil que hacer de la vida frivolidad. Ojalá bastara con silbar cuando lo necesitamos. Pero no. Porque la vida sigue mientras estamos de vacaciones.